martes, 2 de abril de 2013

Carlos Bousoño


Carlos Bousoño, poeta, crítico literario, nacido en Asturias en mayo de 1923. Se doctoró en Filosofía y Letras. Su tesis, un estudio acerca de la poesía del brillante Vicente Aleixandre. Trabajó como profesor de Literatura española en diversas universidades de Norteamérica y dictó Estilística en la Universidad Complutense de Madrid, donde él mismo se había recibido. Miembro honorífico de la Real Academia Española.
Obras suyas son: "Subida al Amor" poemas de juventud, 1945; "Al mismo tiempo que la noche", "Elegías (a Vicente Aleixandre)" y "Primavera de la muerte". Ha recibido numerosos premios, como ser el Fastenrath, otorgado por la RAE, el Nacional de Literatura (en dos ocasiones) y el Príncipe de Asturias de las Letras.


Dime que era verdad aquel sendero...

Dime que era verdad aquel sendero
que se perdía entre la paz de un prado;
aquel otero puro que he mirado
yo tantas veces con candor primero.

Dime que era verdad aquel lucero
que se incendia casi a nuestro lado.
Di que es verdad que vale un mundo amado
y un cuerpo roto en un vivir sincero.

Di que es verdad que vale haber sufrido
y haber estado entre la mar sombría;
que vale haber luchado, haber perdido.

Haber vencido a la melancolía,
haber estado en el dolor, dormido,
sin despertar, cuando llegaba el día.


Canción para un poeta viejo

                                                                   A Vicente Aleixandre

Muy cerca de la vida. Así tu hablar. 
Llegaste a viejo cual se llega al mar.
Azotado del viento y de los años 
fuiste la vida, no sus desengaños. 
Tu voz sonaba a viento y caracolas, 
viejo de luz, hermano de las olas, 
Conocimiento fue tu reposar. 
Llegaste a viejo cual se llega al mar. 
Llegaste a viejo cual se llega a ser 
la luz delgada del amanecer. 
La luz delgada del saber callar, 
del saber conocer y callar. 
Del saber esperar, callar, seguir 
hasta las olas del saber vivir. 
Hasta las olas del saber amar 
profundamente y como es quieto el mar.
Y como es quieto el mar se pone en pie 
la insurrección del nunca moriré. 
Y así tu ser, escrito en agua y sal 
y en viento fue, y en todo lo inmortal.


Vale la pena

Vale la pena, vale la condena
contemplar en la tarde que se inclina
a poniente la paz de esta colina,
dulce en la hora de la luz serena.

Vale la pena contemplar tu pena,
aunque me duele como aguda espina,
vale la pena noche que avecina
su rostro duro y su tenaz cadena.

Vale la pena el alentar, la vida,
vale la pena el río con tu llanto,
vale la pena la amistad mentida,

la luz mentida, el verdadero espanto,
la noche negra de la atroz partida,
y tu amargura que me importa tanto...



Tú y yo

Tú y yo, los dos, bajo la luz del día,
bajo la luz que dura en lo inocente,
¡Oh, sí, los dos, bajo la luz riente
queremos ser!  Queremos... Yo querría.

Contra la sombra o la melancolía,
contra las injusticias del presente,
quién te tuviera siempre, siempre... ¡Tente
amor pequeño, campo de alegría!

Y aquí los dos mirándonos. sin vernos.
Aquí los dos hablando. Sin oírnos.
Buscándonos a tientas. Sin tenernos.

Y el tiempo ya empujándonos a un irnos
inacabable. No podemos sernos
jamás. Entrando siempre en el morirnos.



Reloj de arena

                                                                               A Emilio Lorenzo

Un diálogo consigo mismo es lo que consigue el hombre
al atardecer,

contemplando el reloj de la arena que cae.

Un monólogo, una susurrante confidencia,

un murmullo apenas inteligible donde se desmorona el
pasado
continuamente, perezosamente deleznable, con lentitud
cruel, con perversa demora.
Cae la arena despacio por el diminuto agujero,
el esplendor de la vasta mañana.
La luz del sol, indolente, infinita, cae.
Cae el amor, desolado, indirecto.
La atroz verdad convertida en sí misma,
la enormidad de una pequeña causa,
por el conducto mínimo,
inverosímilmente.
El horizonte interminable, la playa desierta.
Sobre mí que medito en la sombra
va cayendo muy leve, pausada
lluvia imperceptible:
una lluvia lenta de polvo exquisito
que con tacto y sutil cortesía
pone extraño, enigmático el mundo.
Polvo gris donde había otra cosa,
tan pequeña, y aún la sigues pidiendo.
Donde había una mano, una rosa.



Introducción a la noche
1
Con la honda mirada
un día contemplaste
tu honda pasión de ser
en vida perdurable.
Hoy contemplas acaso
con mirada más grave
el parpadeo puro
de la noche sin márgenes;
el sollozo inoíble
de un arroyo alejándose
en la sombra; la mole
de la noche indudable.

2
Y sin embargo, eres.
Y sin embargo naces
como las hierbas verdes
y los nudosos árboles.
Compruebas con delicia
que existen matorrales,
y tus manos apresan
piedras de aristas grandes.
Saltas sobre los ríos,
subes desde los valles,
cantas desde las cumbres,
vives, existes, ardes.
Contemplas la llanura
crepuscular; renaces
como los campos vivos
que en la aurora son arces,
cañadas y caminos,
prados, riberas, cauces
de amor, donde quisieras
vivirte y olvidarte.

3
Y aquí estás. Aquí pones
tus dos manos tenaces.
Te agarras a las cosas:
maderas, piedras, carnes,
Te aferras a la vida
como el río a su cauce,
cual la raíz de un hondo
vegetal insaciable.



Odas celestes

No cantaré, no, la tristeza.
No puedo, no. No he de cantarla,
sino alegría que me sube
en una ola dulce y casta.
Me desarraigo de la tierra.
Voy como un sueño sin mañana.
Vivo en el aire, transparente.
Rozo en los vientos las montañas.
¿Quién puede verme sin delirio
como la suave luz del alba,
tocando leve el ancho cielo,
su ancha tersura delicada?
Vedme animar los bosques puros
y susurrar entre las cañas.
Sonido soy tan sólo, dicha
para las verdes, frescas ramas.




Salmo desesperado

Como el león llama a su hembra, y cálido 
al aire da su ardiente dentellada, 
yo te llamo, Señor. Ven a mis dientes 
como una dura fruta amarga. 
Mírame aquí sin paz y sin consuelo. 
Ven a mi boca seca y apagada. 
He devorado el árbol de la tierra 
con estos labios que te aman. 
Venga tu boca como luz hambrienta, 
como una sima donde un sol estalla. 
Venga tu boca de dureza y dientes 
contra esta boca que me abrasa. 
Tengo amargura, brillo como fiera 
de amor espesa y de desesperanza. 
Soy animal sin luz y sin camino 
y voy llamándola y buscándola. 
Voy oliendo las piedras y las hierbas, 
voy oliendo los troncos y las ramas. 
Voy ebrio, mi Señor, buscando el agrio 
olor que dejas donde pasas. 
Dime la cueva donde te alojaste, 
donde tu olor silvestre allí dejaras. 
Queriendo olerte, Dios, desesperado 
voy por los valles y montañas.



Y yo te quise más

Yo iba contigo. Tú, con tristes ojos 
parecías la tarde en la mañana. 
Mi amor, al verte triste, atardecía. 
Atardecía, pero alboreaba.
Pues yo te quise más. Para alegrarte, 
la luz del mundo celebré más ancha. 
Y mi alma entonces exhaló el perfume 
agreste y fresco que madruga y canta.
Como el jilguero su garganta oprime 
en donde suena una experiencia humana, 
se escuchaban arrullos, liras, voces, 
y tambores, venturas, violas, arpas.
Y el mundo era el sonido no vivido 
que en mi interior vivía y resonaba.



MISERABLE VERDAD

Miserable verdad que te pareces
tanto a la noche. Tú, mi bien perdido,
tarde alcanzado, tarde apetecido,
tarde bebido hasta las turbias heces.
Yo sé lo que es vivir. Oh, cuántas veces
mi corazón manchado, ennegrecido.
Y amé la mancha y conocí el gemido,
llanto perdido en mar de turbios peces.
Yo sé lo que es vivir. Por eso digo
una salutación tan mañanera
a las pocas verdades que consigo,
a la luz tan escasa que tuviera,
y a los errores que viví contigo
hermosamente, aunque la noche fuera.


BELLEZA, CAMINO

Sí, la belleza es eternidad y trasciende por tanto
a la aparición de su meteoro, el instante
en que la nieve cae y el bosque resplandece
de blancura soñada, en el amanecer
dulcísimo. Trasciende el vasto espacio,
la soberana luz.
Pues la belleza
es más un camino que un fin
y no se agota,
un sendero que seguimos, fuera de todo oriente, en una noche oscura,
impulsados por una ansiedad, por un llamamiento,
por una voz que nos tartamudea y convoca
a una reunión imposible
en una hora de difícil
cálculo. Es imposible conocer
el sentido de la llamada, oír con nitidez los susurros de la oscuridad.


CUANDO YO VAYA A MORIR

Esa piel, esa flor, ese zafiro
de unos ojos, después, en qué se para..
Yo te quisiera luna que rodara
en la frescura de un eterno giro.
Quisiera eternizarte cuando miro
ligeros surcos en tu dulce cara:
soplar, y tu entereza perdurara
cuando oyeses la muerte en mi suspiro.
Tenerte cerca entonces yo quisiera,
tocarte sólo en un instante breve:
saber que estás segura, erguida, entera.
Como roble a quien viento no se atreve.
Como de primavera, la bandera.
Como la tarde y su vestido leve.




Lo último que dijo fue esto: 
«La vida es un dolor»

Ojos que vi
tan llenos de dolor
en el último día, cuando faltaba poco
para morir,
y desde el lecho
él recordaba triste,
lejos, muy lejos, y un poquito borroso,
cuando con sus amigos,
allá en su niñez,
divirtiéndose mucho,
inmortal aún la vida,
iban al huerto, o al pinar, o al alto
palpitar de la luz.
Correr luego escondiéndose
tras unos matorrales,
un momento,
por que no los llamasen
desde la casa aún.
«Un poco más, un poco
más tan sólo.
La última vez, y ya.»
Y cuando le pusieron
una corona como rey del mundo
el día en que cumplía
siete años de rey,
siete de dueño
de todo, el universo: el aire, el mar.
Respiraba. Fatiga
e imposibilidad. La vida, la corona,
cartón pintado, alegre,
luego el amor, la compañía
honda, felicidad. Años sin duda, y todo fue
un instante tan sólo:
amarga pesadumbre
real.
Y ahora las lágrimas
que no lloró jamás vinieron a sus ojos,
resbalaban despacio
por sus mejillas pálidas,
humedecían la piel,
la boca,
y seguían bajando
cuando estaba ya muerto.
Las lágrimas duraban
más que sus ojos tristes,
más
que su propio dolor.




(Vía purgativa, iluminativa y unitiva)

Sólo quien se entrega recibe.
Huele, quien renuncia al olfato,
un olor prodigioso. ¡Vive,
misterïoso desacato!
Y así de pronto asciende ya
de las rosas de primavera
fragancias de lo que será
en la cima de lo que era.
Y el alma, desde ese momento,
puede, en la variedad del mundo,
escuchar la canción del viento
y contemplar el mar profundo.




Algo en mi sangre espera todavía 

Algo en mi sangre espera todavía.
Algo en mi sangre en que tu voz aún suena.
Pero no. Inútilmente yo te llamo.
Aquella voz que te llamaba es ésta.
Ven hacia mí. Mis brazos crecen, huyen
donde los tuyos la mañana aquella.
Ven hacia mí. La tierra toda oscila,
se mueve, cruje. Vístete. Despierta.
Oh, qué encendida el alma
en su secreto puro, si vinieras.
Sin esperanza, entre la luz del día,
mi voz te llama.





Desde lejos 

Pasa la juventud, pasa la vida,
pasa el amor, la muerte también pasa,
el viento, la amargura que transpasa
la patria densa, inmóvil y dormida.
Dormida, en sueño para siempre, olvida.
Muertos y vivos en la misma masa
duermen común destino y dicha escasa.
Patria, profundidad, piedra perdida.
Piedra perdida, hundida, vivos, muertos.
España entera duerme ya su historia.
Los campos tristes y los cielos yertos.
Sobre el papel escrita está su gloria:
querer edificar en los desiertos;
aspirar a la luz más ilusoria.



El mundo está bien hecho 

Los ríos van a la mar,
el mar a las playas de moda,
de manera que el mundo está bien hecho.
Sobre esta cuestión no puede discutirse. Mas si alguien
quisiera alzar su voz contra el aserto,
le taparíamos la boca con la prueba más firme:
el General.
No puede darse un general en jefe sin que exista
el orden en las filas. Y por tanto
las filas del orden del General en Jefe
y el Jefe mismo, en general, como ya he dicho, vienen
a demostrar
la armonía preestablecida. Y la buena mano que ha
tenido quien pudo
para hacer lo que ha hecho. Aunque, después de todo,
no hubiera sido necesario traer
hecho tan concluyente, toda vez que este mundo,
y, en general, toda playa de moda que va a dar en la
mar,
eran ya suficientes para que nos bañásemos
en el más general regocijo
del General en Jefe.





Salvación en la palabra 

A Jorge Guillén 
1
Dejad que la palabra haga su presa lóbrega,
se encarnice en la horrenda miseria
primaveral, hoce del destino, cual negra teología
corrupta.
Súbitas, algunas formas mortales,
dentro del soplo de aire
permanente e invicto.
La palabra del hombre, honradamente
pronunciada, es hermosa, aunque oscura,
es clara, aunque aprisione
el terror venidero.
Hagamos entre todos la palabra
grácil y fugitiva que salve el desconsuelo.
... Como burbuja leve la palabra
se alza en la noche, y permanece
cual una estrella fija entre las sombras

2
Y así fue la palabra
ligero soplo de aire
detenido en el viento,
en el espanto,
entre la movediza realidad y el río
de las sombras. Ahí está detenida
la palabra vivaz, salvado este momento
único
entre las dos historias.
... De pronto el caminar fue duradero
y el hombre inmortal fue,
y las bocas que juntas estuvieron
juntas están por siempre.
Y el árbol se detuvo en su verdor Carlos Bousoño Poemas 16
extraño, y la queja
ardió en una zarza
misteriosa.

3
Allí estamos nosotros.
Allí dentro del hálito.
Tú que me lees estás allí
con un libro en la mano.
Y yo también estoy.
Tú de niño, cual hombre, como anciano,
estás allí.
Tu corazon está con su amargura,
ennoblecido y muerto.
Y vivo estás.
Y hermoso estás.
Y lúcido.

4
Todo se mueve alrededor de ti.
Cruje el armario de nogal, salpica
el surtidor del jardín.
Un niño corre tras una mariposa.
Adolescente, das tu primer beso
a una muchacha que huye.
Y huyendo así, huye nada,
quieto en el soplo tenue. 

5
Y así fue la palabra entre los hombres
silenciosa, en el ruido
miserable
y la pena,
arca donde está el viento detenido
y suelto,
acorde suspendido y desatado,
leve son que se escucha
como más que silencio, en el reposo
de la luz, de la sombra.
Así fue la palabra,
así fue y así sea
donde el hombre respira,
porque respire el hombre.