martes, 26 de marzo de 2013

Wislawa Szymborska


Nace el 2 de julio de 1923. Muere en Cracovia, 1 de febrero de 2012. Poetisa, ensayista y traductora. Se trasladó en 1931 a Cracovia que será la ciudad donde cursa sus estudios y vivirá hasta su muerte.
En sus años universitarios comenzó a publicar poesía en periódicos y revistas (su primer poema publicado fue Busco la palabra, aparecido en el suplemento literario del diario Dziennik Polski en marzo de 1945), en una de las cuales trabajó como secretaria e ilustradora. En Vida Literaria, revista en la que entró en 1953, tuvo una columna de crítica (1968-1981). Su primer poemario apareció en 1952 (debería haber publicado su primer libro en 1949, pero no pasó la censura). Más tarde, repudiaría de sus dos primeros libros publicados, por estar demasiado apegados al realismo socialista.
Fue miembro del comunista Partido Obrero Unificado Polaco, del que con el tiempo se iría distanciando hasta adoptar una postura crítica (en 1957 ya comienza a tener contacto con disidentes, entabla amistad con Jerzy Giedroyc y colabora en su revista Kultura que se publica en París).
Traductora de obras literarias del francés, perteneció a la Unión de Escritores y la Asociación de Escritores, y obtuvo numerosos honores y premios, entre los que destaca el Premio Nobel de Literatura 1996.
Sus obras son: Porque vivimos, 1952. Llamado al Yeti, 1957. Sal, 1962. Cien alegrías, 1967. Por si acaso, 1972. Gran número, 1976. Hombres sobre el puente, 1986. Fin y principio, 1993). Poemas. 1957-1993. (Biografía tomada de Wikipedia).


PARÁBOLA 

Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella.
Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras:
"¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta.
Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa. Estoy aquí!"
- No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde.
La botella pudo haber flotado mucho tiempo, dijo el pescador primero.
- Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano,
dijo el pescador segundo.
- Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla "Aquí" está en todos lados,
dijo el pescador tercero.
El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio.
Las verdades generales tienen ese problema.

De "Sal", 1962


DESCUBRIMIENTO 

Creo en el gran descubrimiento.
Creo en el hombre que hará el descubrimiento.
Creo en el terror del hombre que hará el descubrimiento.
Creo en la palidez de su rostro,
la náusea, el sudor frío en su labio.
Creo en la quema de las notas,
quema hasta las cenizas,
quema hasta la última.
Creo en la dispersión de los números,
su dispersión sin remordimiento.
Creo en la rapidez del hombre,
la precisión de sus movimientos,
su libre albedrío irreprimido.
Creo en la destrucción de las tablillas,
el vertido de los líquidos,
la extinción del rayo.
Afirmo que todo funcionará
y que no será demasiado tarde,
y que las cosas se develarán en ausencia de testigos.
Nadie lo averiguará, no me cabe duda,
ni esposa ni muralla,
ni siquiera un pájaro, porque bien puede cantar.
Creo en la mano detenida,
creo en la carrera arruinada,
creo en la labor perdida de muchos años.
Creo en el secreto llevado a la tumba.
Para mí estas palabras se remontan por encima de las reglas.
No buscan apoyo en ejemplos de ninguna clase.
Mi fe es fuerte, ciega y sin ningún fundamento.

De "Fin y principio", 1993

DESPEDIDA DE UN PAISAJE 
No le reprocho a la primavera
que llegue de nuevo.
No me quejo de que cumpla
como todos los años
con sus obligaciones.
Comprendo que mi tristeza
no frenará la hierba.
Si los tallos vacilan
será sólo por el viento.
No me causa dolor
que los sotos de alisos
recuperen su murmullo.
Me doy por enterada
de que, como si vivieras,
la orilla de cierto lago
es tan bella como era.
No le guardo rencor
a la vista por la vista
de una bahía deslumbrante.
Puedo incluso imaginarme
que otros, no nosotros,
estén sentados ahora mismo
sobre el abedul derribado.
Respeto su derecho
a reír, a susurrar
y a quedarse felices en silencio.
Supongo incluso
que los une el amor
y que él la abraza a ella
con brazos llenos de vida.
Algo nuevo, como un trino,
comienza a gorgotear entre los juncos.
Sinceramente les deseo
que lo escuchen.
No exijo ningún cambio
de las olas a la orilla,
ligeras o perezosas,
pero nunca obedientes.
Nada le pido
a las aguas junto al bosque,
a veces esmeralda,
a veces zafiro,
a veces negras.
Una cosa no acepto.
Volver a ese lugar.
Renuncio al privilegio
de la presencia.
Te he sobrevivido suficiente
como para recordar desde lejos.

De "Fin y principio" 1993
Versión de Gerardo Beltrán



FIN Y PRINCIPIO 


Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.
A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.
En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.

De "Fin y principio", 1993


FOTOGRAFÍA DE LA MUCHEDUMBRE 


En la fotografía de la muchedumbre
mi cabeza es la séptima de la orilla,
o tal vez la cuarta a la izquierda,
o la veinte desde abajo;
mi cabeza no sé cuál,
ya no una, no única,
ya parecida a las parecidas,
ni femenina, ni masculina,
las señales que me hace
son ningunos rasgos personales;
quizás la ve el Espíritu del Tiempo,
pero no la mira;
mi cabeza estadística
que consume acero y cables
tranquilísima, globalísimamente;
sin la vergüenza de ser una cualquiera,
sin la desesperación de ser cambiable;
como si no la tuviera en absoluto
a mi manera y por separado;
como si se hubiera desenterrado un cementerio
lleno de anónimos cráneos
en un aceptable estado de conservación
a pesar de su mortalidad;
como si ya hubiera estado allá
- mi cabeza, una cualquiera, ajena-
donde, si recuerda algo,
sea tal vez el profundo futuro.

De "Si acaso", 1978


LAS TRES PALABRAS MÁS EXTRAÑAS 

Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.


MONÓLOGO PARA CASANDRA 

Soy yo, Casandra.
Y ésta es mi ciudad bajo las cenizas.
Y éste es mi bastón y éstas mis cintas de profeta.
Y ésta es mi cabeza llena de dudas.
Es verdad, triunfo.
Mi cordura llegó a golpear el cielo con un rojo resplandor.
Sólo los profetas que no son creídos
tienen esas vistas.
Sólo aquellos que empezaron a hacer mal las cosas,
y todo podría haberse cumplido tan pronto
como si nunca hubieran existido.
Ahora recuerdo con claridad
cómo la gente, al verme, callaba en mitad de la frase.
La risa se cortaba.
Se separaban las manos.
Los niños corrían hacia sus madres.
Ni siquiera conocía sus efímeros nombres.
Y esa canción sobre la hoja verde…
nadie la terminó en mi presencia.
Yo los amaba.
Pero los amaba desde lo alto.
Desde encima de la vida.
Desde el futuro. Un lugar siempre hay vacío
de donde qué más fácil que divisar la muerte.
Lamento que mi voz fuera áspera.
Mírense desde las estrellas -gritaba-,
mírense desde las estrellas.
Me oían y bajaban la mirada.
Vivían en la vida.
Llenos de miedo.
Condenados.
Desde que nacían en cuerpos de despedida.
Pero había en ellos una húmeda esperanza,
una llama que se alimentaba con su propio parpadeo.
Ellos sabían qué era un instante,
fuera el que fuera
antes de que…
Yo tenía razón.
Sólo que eso no significa nada.
Y éstas son mis ropas chamuscadas.
Y éstos, mis trastos de profeta.
Y ésta, la mueca de mi rostro.
Un rostro que no sabía que pudiera ser hermoso.

De "Mil alegrías -Un encanto-" 1967


UN ENCANTO 
Maradona, furor en India

Con que quiere felicidad,
con que quiere la verdad,
con que quiere eternidad,
¡vaya, vaya!
Apenas si acaba de distinguir el sueño de la vigilia,
apenas si acaba de darse cuenta de que él es él,
apenas si acaba de labrar su mano, descendiente de una aleta,
el pedernal y el cohete,
es fácil ahogarlo en la cuchara del océano,
demasiado poco ridículo incluso como para hacer reír al vacío,
con los ojos sólo ve,
con los oídos sólo oye,
el récord de su habla es el modo potencial,
con la razón vitupera a la razón,
en una palabra: casi nadie,
pero con la cabeza llena de libertad, de omnisciencia
y de existencia
más allá de la estúpida carne,
¡vaya, vaya!
Porque quizá sí exista,
haya sucedido de verdad
bajo una de las pueblerinas estrellas.
A su modo, dinámico y movido.
Para ser una miserable degeneración del cristal,
bastante sorprendido.
Para haber tenido una difícil infancia en la obligatoriedad
de la manada,
no está mal como individuo.
¡Vaya, vaya!
A seguir así, así aunque sea un instante,
¡a través del abrir y cerrar de ojos de una pequeña galaxia!
A ver si tenemos por fin una idea, aproximada al menos,
de qué va a ser, ya que ya es,
Y es obstinado.
Obstinado, hay que admitirlo, mucho.
Con ese aro en la nariz, con esa toga, con ese suéter.
Queramos o no, un encanto.
Pobrecito.
Un verdadero hombre.

De "Mil alegrías -Un encanto-", 1967



Foto: P. Miller
Una del montón


Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.
Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.
En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a la medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.
Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos individuo.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el viento.
Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.
Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.
Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.
Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.
¿Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?
¿Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?
El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.
Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.
Pude haber sido yo misma, pero sin que me      sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien completamente diferente.

Versión de Gerardo Beltrán

Discurso en la oficina de objetos perdidos

Perdí unas pocas diosas camino del sur al norte,
también muchos dioses camino de este a oeste.
Un par de estrellas se apagaron para siempre, ábrete, oh cielo.
Una isla, otra se me perdió en el mar.
Ni siquiera sé dónde dejé mis garras,
quién anda con mi piel,
quién habita mi caparazón.
Mis parientes se extinguieron cuando repté a tierra,
y sólo algún pequeño hueso dentro de mí celebra el aniversario.
He saltado fuera de mi piel, desparramado vértebras y piernas,
dejado mis sentidos muchas, muchas veces.
Hace tiempo que he guiñado mi tercer ojo a eso,
chasqueado mis aletas, encogido mis ramas.
Está perdido, se ha ido, está esparcido a los cuatro vientos.
Me sorprendo de cuán poco queda de mí:
un ser individual, por el momento del género humano,
que ayer simplemente perdió un paraguas en un tranvía.

ALEGRÍA DE ESCRIBIR

¿A dónde va la corza escrita por el bosque escrito?
¿A tomar agua escrita
que refleje su hocico puntualmente?
¿Por qué alza la cabeza? ;escucha algo?
Se apoya en cuatro patas que la verdad le presta.
Mueve bajo mis dedos una oreja.
Silencio, esa palabra, susurra en el papel
como las otras y remueve ramas
por las palabras del bosque cansadas.
En la hoja blanca de papel acechan
letras que pueden componerse mal,
frases que pueden ser un cerco
y no habrá salvación.
En la gota de tinta un regimiento
de cazadores enfocan la mira
listos para correr pluma empinada abajo,
cercar la corza y preparar el tiro.
Olvidan que esto no existe
Otras leyes gobiernan el blanco sobre negro
parpadeará el ojo el tiempo que yo quiera
y podré dividirlo en pequeñas eternidades
llenas de balas quietas en el aire.
Por siempre, si lo ordeno; nada pasará aquí.
Ni una hoja caerá si no lo quiero
ni las pezuñas hollarán la hierba
¿Existe pues un mundo sobre el cual
soy un destino independiente?
¿Ese tiempo al que une la cadena de signos,
existe bajo mis órdenes constantes?
La alegría de escribir.
La posibilidad de eternizar.
La venganza de una mano mortal.

NOTAS DE UNA EXPEDICIÓN NO REALIZADA AL HIMALAYA

Así, pues, esto es el Himalaya.
Montañas corriendo hacia la luna.
El instante del despegue detenido
en un cielo rasgado.
Un desierto de nubes lleno de agujeros.
Un golpe en la nada.
El eco: un mudo blanco.
Silencio.
Yeti, abajo es miércoles, 
hay abecedario y pan, 
dos y dos son cuatro, 
y la nieve se funde. 
Hay una manzana roja 
partida en cuatro.
Yeti, entre nosotros 
no sólo existe el crimen.
Yeti, no todas las palabras condenan a muerte.
Heredamos la esperanza, 
regalo del olvido. 
Verás cómo entre ruinas
parimos niños.
Yeti, tenemos a Shakespeare. 
Yeti, tocamos el violín. 
Yeti, al anochecer
prendemos la luz.
Aquí, ni luna ni tierra, 
y se congelan las lágrimas.
¡Oh, Yeti, casi hombre de la luna, 
piénsalo y vuelve!
Así dije, a gritos, al Yeti
entre las cuatro paredes de avalanchas,
y para entrar en calor pateaba
en la nieve,
en la eterna.


MUSEO

Hay platos, pero no apetito.
Hay anillos, pero no amor correspondido,
desde hace al menos tres siglos.
Hay un abanico, pero ¿qué fue del arrebol?
Hay espadas, pero ¿qué fue de la ira?
Y el laúd no suena entre dos luces.
Donde no hay eternidad se acumulan
diez mil antigüedades muy antiguas. 
Un polvoriento portero dulcemente dormita
con el bigote pegado al cristal de su garita.
Metales, arcilla y una pluma de ave
vencen al tiempo con su quietud suave. 
El broche de una egipcia alocada 
ríe por nada.
La corona duró más que la cabeza.
La mano perdió contra el guante.
El zapato derecho venció sobre el pie.
¿Qué decir de mí? De morirme, ni hablar. 
Contra mi traje lucho en incruenta contienda. 
¡Qué aguante tiene la prenda! 
¡Qué tenaz afán de más que yo durar!


LAS MUJERES DE RUBENS

Titánicas, fauna femenina,
tonante desnudez de toneles.
Anidan en lechos revueltos,
duermen con la boca abierta para soltar gallos.
Las pupilas se les hunden hasta las entrañas
y penetran en las glándulas
segregadoras de levadura en sangre.
Hijas del barroco. La masa se hincha en la artesa, 
humean los baños, enrojecen los vinos, 
nubes de cochillinos galopan por el cielo, 
las trompetas relinchan alerta carnal.
¡Acalabazadas! ¡Excesivas!
Duplicadas por desdeñar vestimentas, 
triplicadas por la vehemente pose, 
platos grasientos del amor!
Más temprano se levantaron sus flacas hermanas,
antes de amanecer en el cuadro. 
Nadie las vio avanzar en fila india 
por el revés del lienzo.
Proscritas del estilo. Costillas en relieve,
pies y manos de pájaro.
Intentan volar con sus omóplatos afilados.
El siglo trece les habría concedido un fondo dorado.
El veinte, pantalla panorámica y technicolor.
El diecisiete, ¡ay!, nada ofrece a las palos de escoba.
Porque incluso el cielo es convexo,
convexos son los ángeles y también convexo es dios:
Febo bigotudo que irrumpe en la ardiente alcoba
montado en un sudoroso corcel.



EN LA TORRE DE BABEL

¿Qué hora es? —Sí, soy feliz,
sólo me falta un cascabel en el cuello
que te tintinee al oído cuando duermas.
¿De veras no oíste la tormenta? El viento azotó los muros;
como un león bostezó la torre con su enorme puerta
y sus goznes chirriantes. —¿No lo recuerdas?
Llevaba un simple vestido gris
abrochado en el hombro. —Acto seguido,
el cielo estalló en infinitas chispas, —¿Cómo iba a entrar?
¡No estabas solo! —De repente, vi colores
anteriores a la creación de la vista. —Lástima
que no puedas prometerlo. —Tienes razón,
quizá fue un sueño. —¿Por qué mientes,
por qué me llamas por el nombre de la otra?,
¿la amas todavía? —¡Oh, sí, quisiera
que te quedaras conmigo! —No soy rencorosa,
debiera haberlo adivinado.
¿Sigues pensando en él? —No, no lloro.
¿Eso es todo? —Como a ti, a nadie.
Al menos eres sincera. —Tranquilo,
dejo la ciudad. —Tranquila,
me voy de aquí. —Tienes unas manos preciosas.
Es una vieja historia, el acero me atravesó
sin tocar el hueso. —De nada,
querido, de nada. —No sé
ni quiero saber qué hora es.


EL AGUA

En la mano me cayó una gota de lluvia,
una gota de agua de las venas del Ganges y del Nilo,
de la escarcha que ascendió a los cielos desde los bigotes de una foca, de los cántaros rotos en las
urbes de Iso y de Tiro.
En mi índice
el Caspio es mar abierto,
y el Pacífico dócil en el Rudawa muere,
ese riachuelo que hecho nube París sobrevolaba
a las tres de la madrugada del siete de mayo
del año setecientos sesenta y cuatro.
No existen bocas suficientes 
para pronunciar tus fugaces nombres, agua.
Debería nombrarte en todas las lenguas 
y articularte vocal a vocal,
y a la vez guardar silencio —por respeto al lago
que aún no tiene nombre.
ni existe sobre la tierra, como tampoco 
en el cielo existe la estrella que refleja.
Alguien se ahogaba, alguien moría pidiéndote a gritos.
Fue hace mucho mucho tiempo. Ayer.
Casas salvaste del fuego, y casas contigo arrastraste, 
casas como árboles, y bosques como ciudades.
Estuviste en pilas bautismales y en bañeras de cortesanas. 
En besos y en ataúdes.
En el desgaste de las piedras y en el sostén del arcoiris, 
en el sudor y en el rocío de pirámides y lilas.
Qué ligereza encierra una gota de lluvia. 
Qué delicado el roce del mundo.
Cualquier cosa acontecida en cualquier lugar y tiempo.

CONVERSACIÓN CON UNA PIEDRA

Llamo a la puerta de una piedra. 
—Soy yo, déjame entrar. 
Quiero penetrar en tu interior, 
echar un vistazo,
respirarte.
—Vete —dice la piedra—. 
Estoy herméticamente cerrada. 
Incluso hecha añicos, 
sería añicos cerrados. 
Incluso hecha polvo, 
sería polvo cerrado.
Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
Vengo por mera curiosidad.
Sólo la vida permite satisfacerla.
Quisiera pasearme por tu palacio,
y luego visitar una hoja y una gota de agua.
No me queda mucho tiempo.
Mi mortalidad debería ablandarte.
—Soy de piedra —dice la piedra—. 
Imposible perturbar mi seriedad. 
Vete,
no tengo músculos risorios.
Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
Me han dicho que encierras salas enormes y vacías,
nunca vistas y bellas en vano,
mudas, donde nunca han retumbado los pasos de nadie.
Confiésalo: ni tú misma lo sabías.
—Salas enormes y vacías —dice la piedra—.
Pero no hay espacio disponible.
Bellas, quizá, pero no para el gusto
de tus limitados sentidos.
Puedes verme, pero nunca catarme.
Mi superficie te da la cara,
pero mi interior te vuelve la espalda.
Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
- No tengo puerta-  dice la piedra.


DECAPITACIÓN

Degollado procede de decollo,
decollo significa yo corto el cuello.
María Estuardo, reina de Escocia,
subió al patíbulo con la camisa adecuada,
una camisa décolleté
de color rojo hemorragia.
En aquel mismo instante,
en una apartada alcoba,
Isabel Tudor, reina de Inglaterra,
estaba en pie vestida de blanco junto a la ventana.
Una gorguera almidonada coronaba
su vestido triunfalmente cerrado hasta el mentón.
Ambas pensaban al unísono:
«Dios, ten piedad de mí.»
«Obro con justicia.»
«Vivir o ser un obstáculo.»
«En determinadas circunstancias la lechuza es hija del panadero.»
«¿Cuándo acabará esto?»
«Se acabó.»
«¿Qué hago aquí si no hay nada?»
La diferencia en el atuendo -sí, lo sabemos con certeza-
El detalle 
es inalterable.

PROSPECTO

Soy un ansiolítico.
Actúo en casa,
hago efecto en la oficina,
me presento a los exámenes,
comparezco ante los tribunales,
reparo tacitas rotas.
No tienes más que ingerirme,
ponme debajo de la lengua,
no tienes más que tragarme,
con un sorbo de agua basta.
Sé enfrentarme a la desgracia,
soportar malas noticias,
paliar la injusticia,
llenar de luz el vacío de Dios,
elegir un sombrero de luto que favorezca.
¿A qué esperas?,
confía en la piedad química.
Todavía eres un hombre/una mujer joven,
debes seguir en la brecha.
¿Quién dice
que vivir requiere valor?
Dame tu abismo,
lo acolcharé de sueño,
me estarás para siempre agradecido/agradecida
por las patas sobre las que caer de patas.
Véndeme tu alma.
No te saldrá otro comprador.
No existe ningún otro diablo.

REGRESOS

Volvió. No dijo nada.
Pero era evidente que sufría alguna contrariedad.
Se acostó vestido.
Se tapó la cabeza con una manta.
Se acurrucó.
Cuarentón, pero no ese momento.
Está, pero como se está en el vientre de la madre,
envuelto en siete pieles, en protectora oscuridad.
Mañana pronunciará una conferencia sobre la homeostasis
aplicada a la cosmonáutica metagaláctica.
Por ahora, hecho un ovillo, duerme.


DESCUBRIMIENTO

Creo en un gran descubrimiento.
Creo en el hombre que hará el descubrimiento.
Creo en el espanto del hombre que hará el descubrimiento.
Creo en la palidez de su rostro,
en su náusea, en el sudor frío en la parte superior del labio.
Creo en sus apuntes en el fuego, 
del primero al último ardiendo en cenizas.
Creo en la dispersión de las cifras, 
en su dispersión sin remordimiento.
Creo en la prisa del hombre, 
en la precisión de sus gestos, 
en su libre albedrío.
Creo en la destrucción de las tablas, 
en el derramamiento de líquidos, 
en la extinción de la llama.
Sostengo que se conseguirá, 
que no será demasiado tarde, 
y que ocurrirá sin testigos.
Nadie lo sabrá, seguro, 
ni la esposa, ni la pared, 
ni el pájaro: por si canta.
Creo en la negativa a participar,
creo en la carrera arruinada,
creo en la inutilidad de muchos años de trabajo.
Creo en el secreto llevado a la tumba.
Estas palabras planean por encima de las normas.
No buscan apoyo en ningún ejemplo.
Mi fe es firme, ciega y carece de fundamentos.



LA MUJER DE LOT

Dicen que miré hacia atrás por curiosidad.
Pero, además de la curiosidad, pude tener otros motivos.
Miré hacia atrás apenada por mi escudilla de plata.
Por descuido, al atarme una sandalia.
Para dejar de ver la nuca justiciera
de mi esposo, Lot.
Por la súbita convicción de que si caía muerta
él ni siquiera se detendría.
Por desobediencia propia de mansos.
Aguzando el oído a las señales de la persecución.
Intrigada por el silencio, con la esperanza de que Dios hubiera cambiado de idea.
Nuestras dos hijas desaparecían ya tras la colina.
Sentí en mí la vejez. Y la distancia.
La futilidad de una vida errante. La somnolencia.
Miré hacia atrás al dejar mi fardo en el suelo.
Miré hacia atrás por temor a dar un paso en falso.
En el sendero surgieron serpientes,
arañas, ratones de campo y crías de buitre.
No eran buenos ni malos, simplemente cuanto vivía
reptaba y saltaba presa del pánico gregario.
Miré hacia atrás por desamparo.
Por vergüenza de escabullirme a hurtadillas.
Por deseo de gritar, de volver.
O después de que se desencadenara el viento,
me alborotara el pelo y me levantara las faldas del vestido
Tuve la sensación de ser observada desde las murallas de Sodoma
y de ser blanco de burlas y de sonoras carcajadas.
Miré hacia atrás por cólera.
Para regodearme en su destrucción.
Miré hacia atrás por la suma de motivos arriba mencionados.
Miré hacia atrás sin querer.
Un pedrusco se volvió gruñendo debajo de mi pie.
Un abismo me cortó de repente el camino.
Al borde del vacío, un hámster se levantaba sobre sus patas traseras.
Y fue entonces cuando ambos miramos hacia atrás.
No, no. Yo seguí corriendo,
me arrastré y emprendí el vuelo
hasta que del cielo cayeron las tinieblas,
la grava hirviente y los pájaros muertos.
Di vueltas y más vueltas sobre mí misma, sin aliento.
Hubiera pensado, quien verme hubiere podido, que bailaba.
No es imposible que tuviera los ojos abiertos.
Quizá cayera de cara a la ciudad.


RESEÑA DE UN POEMA JAMÁS ESCRITO

En las palabras iniciales de la obra
la autora sostiene que la tierra es pequeña,
en cambio el cielo es grande hasta la exageración,
y en él hay, cito literalmente, «más estrellas de lo debido».
La descripción del cielo denota perplejidad,
la autora se pierde en espacios sobrecogedores,
la inercia de tanto planeta la impacta
y, acto seguido, en su mente (imprecisa, justo es decirlo)
comienza a formularse la pregunta:
¿estamos solos
bajo la capa del sol y de todos los soles del universo?.
¡A pesar del cálculo de probabilidades!
¡Y de la convicción hoy universalmente compartida!
¡En contra de las irrefutables pruebas que de un momento a otro
caerán en poder del hombre! ¡Ay, la poesía!
Por de pronto nuestra vate vuelve a ser tierra,
planeta que puede "seguir su curso sin testigos"
la única «ciencia ficción que el cosmos puede permitirse».
La desesperación de Pascal (1623-1662, la nota es mía),
según la autora, no halla rival
en ninguna, digamos, Andrómeda ni Casiopea.
La exclusividad magnifica y obliga,
de ahí el problema acerca de cómo vivir, etcétera, 
puesto que «el vacío no lo solucionará por nosotros».
«Dios mío», clama el hombre a Sí Mismo,
«ten piedad de mí, ilumíname»...
Atormenta a la autora la idea de una vida derrochada,
como si la vida contara con reservas sin fondo.
De las guerras, siempre -en su provocadora opinión derrotas de ambos bandos.
De la «brutestatalidad» (sic) de la gente para con la gente.
La obra exhala una intención moralista que
en pluma menos ingenua tal vez hubiera resultado luminosa.
Por desgracia, no es así. La tesis, tremendamente osada
(¿acaso estamos solos
bajo la capa del sol y de todos los soles del universo?),
está planteada con un estilo descuidado 
(una mezcla de sublimidad y lenguaje cotidiano), 
que abre un interrogante: ¿a quién convencerá?
A nadie, seguro. Con lo dicho basta.

*******
Un milagro corriente:
que se produzcan tantos milagros corrientes.
Un milagro ordinario:
el ladrido de los perros invisibles
en el silencio de la noche.
Un milagro del montón:
una nube menuda y ligera,
capaz de tapar la luna llena y compacta.
Muchos milagros en uno:
un aliso que se refleja en el agua
y que se vea invertido de izquierda a derecha
y que crezca allá con la copa hacia abajo
y que no llegue al fondo
pese a la poca profundidad del agua.
Un milagro cotidiano:
vientos de ligeros a moderados,
borrascas en plena tormenta.
Un milagro cualquiera:
las vacas son vacas.
Otro milagro, quiérase o no:
este huerto y sólo éste,
de esta pepita y sólo de ésta.
Un milagro sin frac ni sombrero de copa:
palomas blancas en desbandada.
Milagro, porque cómo llamarlo si no:
hoy el sol ha salido a las tres catorce
y se pondrá a las veinte cero uno.
Un milagro que no sorprende lo debido:
una mano tiene menos de seis dedos,
pero tiene más de cuatro.
Un milagro, y basta con abrir bien los ojos:
el mundo omnipresente.
Un milagro tan adicional como adicional es todo:
lo impensable

se puede pensar.

 * * * * * * *

Alma se tiene a veces.
Nadie la posee sin pausa
y para siempre.

Día tras día, año tras año
pueden transcurrir sin ella.

A veces solo en el arrobo
y los miedos de la infancia
anida por más tiempo.
A veces nada más en el asombro
de haber envejecido.

Rara vez nos asiste en las tareas pesadas,
como mover muebles, cargar las valijas
o recorrer caminos con zapatos apretados.

Cuando hay que cortar carne o llenar solicitudes,
generalmente está de franco.

De mil conversaciones
toma parte sólo en una,
y aun ni eso, ya que prefiere el silencio.

Cuando el cuerpo pasa del malestar al dolor,
escapa sigilosamente de su hora de consulta.

Es quisquillosa:
no le gusta vernos en la muchedumbre,
le repugna vernos luchar por dudosas ventajas
o negocios espúreos.

La alegría y la tristeza no son para ella
emociones distintas.
Sólo nos atiende cuando ambas se unen.

Podemos contar con ella cuando no estamos seguros de nada
y sentimos curiosidad por todo.

De los objetos materiales le gustan los relojes con péndulo
y los espejos, que hacen su trabajo aunque no mire nadie.

No dice de dónde viene ni cuándo se irá de nuevo,
aunque claramente espera esa pregunta.

La necesitamos,
pero, aparentemente,
ella también a nosotros,
por alguna razón.

Amor a primera vista
Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.
Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?
Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún “lo siento”
o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.
Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,
una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,
que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.
Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?
Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.
Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.