domingo, 17 de marzo de 2013

Vicente Aleixandre

VICENTE ALEIXANDRE (1898-1984)

Nació en Sevilla el 26 de abril de 1898. A los dos años se trasladó con su familia a Málaga y, en 1909, a Madrid. Estudió Derecho e Intendencia mercantil. Trabajó en una compañía ferroviaria y como profesor auxiliar en la escuela de intendentes mercantiles. En 1917 conoció a Dámaso Alonso, gracias al cual entró en contacto con la poesía de Rubén Darío y empezó a sentir inclinación hacia la creación poética. En 1925 una tuberculosis renal le obligó a dejar el trabajo y a retirarse a Miraflores de la Sierra (Madrid). En 1926 empieza a publicar poesía en revistas como Litoral y Carmen y, por entonces, entabla amistad con otros miembros del 27. En 1934 se le concedió el Premio Nacional de Literatura por La destrucción o el amor. Durante la guerra civil, que coincidió con un período de reposo por su enfermedad renal, dio a conocer algunos romances en publicaciones de la zona republicana. Al término de la misma, comenzó una especie de exilio interior, retirado en su casa de la calle Velintonia número 3, centro de peregrinación de los nuevos poetas, quienes le consideraban una especie de guía o maestro. En 1949, superado ya el aislamiento al que fue sometido por el régimen franquista, fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua. En 1969 se le concedió el Premio de la Crítica por Poemas de la consumación y, en 1977, el Premio Nobel de Literatura. Murió en Madrid el 13 de diciembre de 1984.
Vicente Aleixandre es autor de un libro en prosa, Los encuentros (1958), y de varios libros de poesía: Ámbito (1928), Espadas como labios (1932), Pasión de la tierra (1935), La destrucción o el amor (1934), Sombra del paraíso (1944), Mundo a solas (1950), Nacimiento último (1953), Historia del corazón (1954), En un vasto dominio (1962), Retratos con nombre (1965), Poemas de la consumación (1968) y Diálogos del conocimiento (1974).

Unidad en ella

Cuerpo feliz que fluye entre mis manos,
rostro amado donde contemplo el mundo,
donde graciosos pájaros se copian fugitivos,
volando a la región donde nada se olvida.
Tu forma externa, diamante o rubí duro,
brillo de un sol que entre mis manos deslumbra,
cráter que me convoca con su música intima,
con esa indescifrable llamada de tus dientes.
Muero porque me arrojo, porque quiero morir,
porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera
no es mío, sino el caliente aliento
que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo.
Deja, deja que mire, teñido del amor,
enrojecido el rostro por tu purpúrea vida,
deja que mire el hondo clamor de tus entrañas
donde muero y renuncio a vivir para siempre.
Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,
quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente
que regando encerrada bellos miembros extremos
siente así los hermosos límites de la vida.
Este beso en tus labios como una lenta espina,
como un mar que voló hecho un espejo,
como un brillo de un ala,
es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo,
un crepitar de la luz vengadora,
luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,
pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.
(La destrucción o el amor, 1932-1933)

No existe el Hombre

Sólo la luna sospecha la verdad.
Y es que el hombre no existe.
La luna tantea por los llanos, atraviesa los ríos,
penetra por los bosques.
Modela las aún tibias montañas.
Encuentra el calor de las ciudades erguidas.
Fragua una sombra, mata una oscura esquina,
inunda de fulgurantes rosas
el misterio de las cuevas donde no huele a nada.
La luna pasa, sabe, canta, avanza y avanza sin descanso.
Un mar no es un lecho donde el cuerpo de un hombre puede tenderse a solas.
Un mar no es un sudario para una muerte lúcida.
La luna sigue, cala, ahonda, raya las profundas arenas.
Mueve fantástica los verdes rumores aplacados.
Un cadáver en pie un instante se mece,
duda, ya avanza, verde queda inmóvil.
La luna miente sus brazos rotos,
su imponente mirada donde unos peces anidan.
Enciende las ciudades hundidas donde todavía se pueden oír
(qué dulces) las campanas vividas;
donde las ondas postreras aún repercuten sobre los pechos neutros,
sobre los pechos blandos que algún pulpo ha adorado.
Pero la luna es pura y seca siempre.
Sale de un mar que es una caja siempre,
que es un bloque con límites que nadie, nadie estrecha,
que no es una piedra sobre un monte irradiando.
Sale y persigue lo que fuera los huesos,
 lo que fuera las venas de un hombre,
 lo que fuera su sangre sonada, su melodiosa cárcel,
su cintura visible que a la vida divide,
o su cabeza ligera sobre un aire hacia oriente.
Pero el hombre no existe.
Nunca ha existido, nunca.
Pero el hombre no vive, como no vive el día.
Pero la luna inventa sus metales furiosos.
(Mundo a solas, 1934-1936)


Ciudad del paraíso
A mi ciudad de Málaga
Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria, antes de hundirte para siempre en las olas amantes.
Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.
Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
mecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.
Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí, donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores, en brillos.
Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la luna eterna que instantánea transcurre.
Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.
Jardines, flores. Mar alentando como un brazo que anhela
A la ciudad voladora entre monte y abismo,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!
Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.
(Sombra del paraíso, 1939-1943)

El poeta se acuerda de su vida
«Vivir, dormir, morir: soñar acaso. Hamlet
Perdonadme: he dormido.
Y dormir no es vivir. Paz a los hombres.
Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.
¿Vivir en ellas? Las palabras mueren.
Bellas son al sonar, mas nunca duran.
Así esta noche clara. Ayer cuando la aurora,
o cuando el día cumplido estira el rayo
final, y da en tu rostro acaso.
Con un pincel de luz cierra tus ojos.
Duerme.
La noche es larga, pero ya ha pasado.

(Poemas de la consumación, 1968) 

NO BUSQUES, NO 
Yo te he querido como nunca. 
Eras azul como noche que acaba, 
eras la impenetrable caparazón del galápago 
que se oculta bajo la roca de la amorosa llegada de la luz. 
Eras la sombra torpe 
que cuaja entre los dedos cuando en tierra dormimos solitarios. 
De nada serviría besar tu oscura encrucijada de sangre alterna, 
donde de pronto el pulso navegaba 
y de pronto faltaba como un mar que desprecia a la arena. 
La sequedad viviente de unos ojos marchitos, 
de los que yo veía a través de las lágrimas, 
era una caricia para herir las pupilas, 
sin que siquiera el párpado se cerrase en defensa. 
Cuán amorosa forma 
la del suelo las noches del verano 
cuando echado en la tierra se acaricia este mundo que rueda, 
la sequedad obscura, 
la sordera profunda, 
la cerrazón a todo, 
que transcurre como lo más ajeno a un sollozo. 
Tú, pobre hombre que duermes 
sin notar esa luna trunca 
que gemebunda apenas si te roza; 
tú, que viajas postrero 
con la corteza seca que rueda entre tus brazos, 
no beses el silencio sin falla por donde nunca 
a la sangre se espía, 
por donde será inútil la busca del calor 
que por los labios se bebe 
y hace fulgir el cuerpo como con una luz azul si la noche es de plomo. 
No, no busques esa gota pequeñita, 
ese mundo reducido o sangre mínima, 
esa lágrima que ha latido 
y en la que apoyar la mejilla descansa.



*******

JUNIO 

Mar, oculta pared, 

pez mecido entre un aire o suspiro, 
en ese agua surtida de una mirada 

que cuelga entre los árboles, oh pez plata, oh espejo. 

Junio caliente viento o flores mece, 

corro o niñas, brazos como besos, 

sueltas manos de junio que aparecen 

de pronto en una nieve que aún me llora. 

Cuerdas, dientes temblando en las ramas; 

una ciudad, la rueda, su perfume; 

mar, bosque de lo verde, verde altura, 

mar que crece en los hombros como un calor constante. 

Yo no sé si este hilo que sostiene 
dos corazones, láminas o un viento, 
sabe ceder a un rumor de campanas, 
péndulo dulce a un viento estremecido. 
Niñas sólo perfiles, dulcemente 
ladeados, avanzan -miedo, miedo-; 
dos corazones tristes suenan, laten, 
rumor de unas campanas sin destino. 
Junio, fugaz, alegre primavera, 
árboles de lo vivo, peces, pájaros, 
niñas color azúcar devanando 
un agua que refleja un cielo inútil. 

*******

A TÍ, VIVA 

Es tocar el cielo, poner el dedo 

sobre un cuerpo humano. 
Novalis 

Cuando contemplo tu cuerpo extendido 

como un río que nunca acaba de pasar, 

como un claro espejo donde cantan las aves, 

donde es un gozo sentir el día cómo amanece. 

Cuando miro a tus ojos, profunda muerte o vida que me llama, 

canción de un fondo que sólo sospecho; 

cuando veo tu forma, tu frente serena, 

piedra luciente en que mis besos destellan, 

como esas rocas que reflejan un sol que nunca se hunde. 

Cuando acerco mis labios a esa música incierta, 
a ese rumor de lo siempre juvenil, 
del ardor de la tierra que canta entre lo verde, 
cuerpo que húmedo siempre resbalaría 
como un amor feliz que escapa y vuelve. 
Siento el mundo rodar bajo mis pies, 
rodar ligero con siempre capacidad de estrella, 
con esa alegre generosidad del lucero 
que ni siquiera pide un mar en que doblarse. 
Todo es sorpresa. El mundo destellando 
siente que un mar de pronto está desnudo, trémulo, 
que es ese pecho enfebrecido y ávido 
que sólo pide el brillo de la luz. 
La creación riela. La dicha sosegada 
transcurre como un placer que nunca llega al colmo, 
como esa rápida ascensión del amor 
donde el viento se ciñe a las frentes más ciegas. 
Mirar tu cuerpo sin más luz que la tuya, 
que esa cercana música que concierta a las aves, 
a las aguas, al bosque, a ese ligado latido 
de este mundo absoluto que siento ahora en los labios. 


*******

HUMANA VOZ 
Duele la cicatriz de la luz, 
duele en el suelo la misma sombra de los dientes, 
duele todo, 
hasta el zapato triste que se lo llevó el río.
Duelen las plumas del gallo, 
de tantos colores 
que la frente no sabe qué postura tomar 
ante el rojo cruel del poniente. 
Duele el alma amarilla o una avellana lenta, 
la que rodó mejilla abajo cuando estábamos dentro del agua 
y las lágrimas no se sentían más que al tacto. 
Duele la avispa fraudulenta 
que a veces bajo la tetilla izquierda 
imita un corazón o un latido, 
amarilla como el azufre no tocado 
o las manos del muerto a quien queríamos. 
Duele la habitación como la caja del pecho, 
donde las palomas blancas como sangre 
pasan bajo la piel sin pararse en los labios 
a hundirse en las entrañas con sus alas cerradas. 
Duele el día, la noche, 
duele el viento gemido, 
duele la ira o espada seca, 
aquello que se besa cuando es de noche. 
Tristeza. Duele el candor, la ciencia, 
el hierro, la cintura, 
los límites y esos brazos abiertos, horizonte 
como corona contra las sienes. 
Duele el dolor. Te amo. 
Duele, duele. Te amo. 
Duele la tierra o uña, 
espejo en que estas letras se reflejan. 

*******



LA MUERTE 

¡Ah! eres tú, eres tú, eterno nombre sin fecha, 

bravía lucha del mar con la sed, 

cantil todo de agua que amenazas hundirte 

sobre mi forma lisa, lámina sin recuerdo. 

Eres tú, sombra del mar poderoso, 

genial rencor verde donde todos los peces son como piedras por el aire, 

abatimiento o pesadumbre que amenazas mi vida 

como un amor que con la muerte acaba. 

Mátame si tú quieres, mar de plomo impiadoso, 
gota inmensa que contiene la tierra, 
fuego destructor de mi vida sin numen 
aquí en la playa donde la luz se arrastra. 
Mátame como si un puñal, un sol dorado o lúcido, 
una mirada buida de un inviolable ojo, 
un brazo prepotente en que la desnudez fuese el frío, 
un relámpago que buscase mi pecho o su destino… 
¡Ah, pronto, pronto; quiero morir frente a ti, mar, 
frente a ti, mar vertical cuyas espumas tocan los cielos, 
a ti cuyos celestes peces entre nubes 
son como pájaros olvidados del hondo! 
Vengan a mí tus espumas rompientes, cristalinas, 
vengan los brazos verdes desplomándose, 
venga la asfixia cuando el cuerpo se crispa 
sumido bajo los labios negros que se derrumban. 
Luzca el morado sol sobre la muerte uniforme. 
Venga la muerte total en la playa que sostengo, 
en esta terrena playa que en mi pecho gravita, 
por la que unos pies ligeros parece que se escapan. 
Quiero el color rosa o la vida, 
quiero el rojo o su amarillo frenético, 
quiero ese túnel donde el color se disuelve 
en el negro falaz con que la muerte ríe en la boca. 
Quiero besar el marfil de la mudez penúltima, 
cuando el mar se retira apresurándose, 
cuando sobre la arena quedan sólo unas conchas, 
unas frías escamas de unos peces amándose. 
Muerte como el puñado de arena, 
como el agua que en el hoyo queda solitaria, 
como la gaviota que en medio de la noche 
tiene un color de sangre sobre el mar que no existe. 



*******

EL CUERPO Y EL ALMA

Pero es más triste todavía, mucho más triste.

Triste como la rama que deja caer su fruto para nadie.

Más triste, más. Como ese vaho

que de la tierra exhala después la pulpa muerta.

Como esa mano que del cuerpo tendido

se eleva y quiere solamente acariciar las luces,

la sonrisa doliente, la noche aterciopelada y muda. 

Luz de la noche sobre el cuerpo tendido sin alma. 

Alma fuera, alma fuera del cuerpo, planeando 

tan delicadamente sobre la triste forma abandonada. 

Alma de niebla dulce, suspendida 
sobre su ayer amante, cuerpo inerme 
que pálido se enfría con las nocturnas horas 
y queda quito, solo, dulcemente vacío. 
Alma de amor que vela y se separa 
vacilando, y al fin se aleja tiernamente fría. 

******* 


LA DICHA

No. ¡Basta!

Basta siempre.

Escapad, escapad: sólo quiero,

sólo quiero tu muerte cotidiana.

El busto erguido, la terrible columna.

el cuello febricente, la convocación de los robles;

las manos que son piedra, la luna de piedra sorda 

y el vientre que es sol, el único extinto sol. 

¡Hierba seas! Hierba reseca, apretadas raíces, 

follaje entre los muslos donde ni gusanos ya viven 

porque la tierra no puede ni ser grata a los labios, 
a esos que fueron —sí— caracoles de lo húmedo. 
Matarte a ti, pie inmenso, yeso escupido 
pie masticado días y días cuando los ojos sueñan, 
cuando hacen un paisaje azul cándido y nuevo 
donde una niña entera se baña sin espuma. 
Matarte a ti, cuajarón redondo, forma o montículo, 
materia vil, vomitadura o escarnio, 
palabra que pendiente de unos labios morados 
ha colgado en la muerte putrefacta o el beso. 
No. ¡No! 
Tenerte aquí corazón que latiste entre mis dientes larguísimos, 
en mis dientes o clavos amorosos o dardos, 
o temblor de tu carne cuando yacía inerte 
como el vivaz lagarto que se besa y se besa. 
Tu mentira catarata de números, 
catarata de manos de mujer con sortijas, 
catarata de dijes donde pelos se guardan, 
donde ópalos u ojos están en terciopelos, 
donde las mismas uñas se guardan con encajes. 
Muere, muere como el clamor de la tierra estéril, 
como la tortuga machacada por un pie desnudo, 
pie herido cuya sangre, sangre fresca y novísima, 
quiere correr y ser como un río naciente. 
Canto el cielo feliz, el azul que despunta, 
canto la dicha de amar dulces criaturas, 
de amar a lo que nace bajo las piedras limpias, 
agua, flor, hoja, sed, lámina, río o viento, 
amorosa presencia de un día que sé existe. 




*******

FORMA

Se iba quedando callada
hasta que la sombra espesa
se hizo cuerpo tuyo.
¡Ya te tengo! ¡Ya te tengo!
Aquí la sombra del cuarto,
piel fina, piel en mis dedos.
siente, tiembla. Fina seda
que palpita humanamente
entre mis dedos de nieve.
Mis dedos de hielo rizan
tu delicada quietud,
totalidad de este cuarto,
corporal y muda, extensa
sobre la estancia dormida.
Para mis ojos azules
tu negra forma se entrega,
cuajada y pura, inocente,
oh soledad de mi cuarto.
Pero no quiero mirarte.
A oscuras, paredes justas,
cámara, entraña, me aprietas;
te siento exacta y te amo,
cerrazón de vida y muerte,
negra posesión del aire,
sombra que habito y que siento
contra mi piel semejante.
Blancas paredes fronteras,
densa presencia estrechada,
cuerpo que ciego adivino
en mis sentidos dorados.


LA VENTANA

Cuánta tristeza en una hoja del otoño,
dudosa siempre en último extremo si presentarse como cuchillo.
Cuánta vacilación en el color de los ojos
antes de quedar frío como una gota amarilla.
Tu tristeza, minutos antes de morirte,
sólo comparable con la lentitud de una rosa cuando acaba,
esa sed con espinas que suplica a lo que no puede,
gesto de un cuello, dulce carne que tiembla.
Eras hermosa como la dificultad de respirar en un cuarto cerrado.
Transparente como la repugnancia a un sol ubérrimo,
tibia como ese suelo donde nadie ha pisado,
lenta como el cansancio que rinde al aire quieto.
Tu mano, bajo la cual se veían las cosas,
cristal finísimo que no acarició nunca otra mano,
flor o vidrio que, nunca deshojado,
era verde al reflejo de una luna de hierro.
Tu carne, en que la sangre detenida apenas consentía
una triste burbuja rompiendo entre los dientes,
como la débil palabra que casi ya es redonda
detenida en la lengua dulcemente de noche.
Tu sangre, en que ese limo donde no entra la luz
es como el beso falso de unos polvos o un talco,
un rostro en que destella tenuemente la muerte,
beso dulce que da una cera enfriada.
Oh tú, amoroso poniente que te despides como dos brazos largos
cuando por una ventana ahora abierta a ese frío
una fresca mariposa penetra,
alas, nombre o dolor, pena contra la vida
que se marcha volando con el último rayo.
Oh tú, calor, rubí o ardiente pluma,
pájaros encendidos que son nuncio de la noche,
plumaje con forma de corazón colorado
que en lo negro se extiende como dos alas grandes.
Barcos lejanos, silbo amoroso, velas que no suenan,
silencio como mano que acaricia lo quieto,
beso inmenso del mundo como una boca sola,
como dos bocas fijas que nunca se separan.
¡Oh verdad, oh morir una noche de otoño,
cuerpo largo que viaja hacia la luz del fondo,
agua dulce que sostienes un cuerpo concedido,
verde o frío palor que vistes un desnudo!


LAS MANOS

Mira tu mano, que despacio se mueve, 
transparente, tangible, atravesada por la luz, 
hermosa, viva, casi humana en la noche. 
Con reflejo de luna, con dolor de mejilla, con vaguedad de sueño 
mírala así crecer, mientras alzas el brazo, 
búsqueda inútil de una noche perdida, 
ala de luz que cruzando en silencio 
toca carnal esa bóveda oscura.
No fosforece tu pesar, no ha atrapado 
ese caliente palpitar de otro vuelo. 
Mano volante perseguida: pareja. 
Dulces, oscuras, apagadas, cruzáis.
Sois las amantes vocaciones, los signos 
que en la tiniebla sin sonido se apelan. 
Cielo extinguido de luceros que, tibios, 
campo a los vuelos silenciosos te brindas.
Manos de amantes que murieron, recientes, 
manos con vida que volantes se buscan 
y cuando chocan y se estrechan encienden 
sobre los hombres una luna instantánea.


VEN, SIEMPRE VEN

No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente,
las huellas de unos besos,
ese resplandor que aun de día se siente si te acercas,
ese resplandor contagioso que me queda en las manos,
ese río luminoso en que hundo mis brazos,
en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida de lucero.
No quiero que vivas en mí como vive la luz,
con ese ya aislamiento de estrella que se une con su luz,
a quien el amor se niega a través del espacio
duro y azul que separa y no une,
donde cada lucero inaccesible
es una soledad que, gemebunda, envía su tristeza.
La soledad destella en el mundo sin amor.
La vida es una vívida corteza,
una rugosa piel inmóvil,
donde el hombre no puede encontrar su descanso,
por más que aplique su sueño contra un astro apagado.
Pero tú no te acerques. Tu frente destellante, carbón encendido que me arrebata a la propia conciencia,
duelo fulgúreo en que de pronto siento la tentación de morir,
de quemarme los labios con tu roce indeleble,
de sentir mi carne deshacerse contra tu diamante abrasador.
No te acerques, porque tu beso se prolonga como el choque imposible de las estrellas,
como el espacio que súbitamente se incendia,
éter propagador donde la destrucción de los mundos
es un único corazón que totalmente se abrasa.
Ven, ven, ven como el carbón extinto oscuro que encierra una muerte;
ven como la noche ciega que me acerca su rostro;
ven como los dos labios marcados por el rojo,
por esa línea larga que funde los metales.
Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante
que luces como una órbita que va a morir en mis brazos;
ven como dos ojos o dos profundas soledades,
dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco.
¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo;
ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;
ven, que ruedas como liviana piedra,
confundida como una luna que me pide mis rayos!



SIN LUZ 

El pez espada, cuyo cansancio se atribuye ante todo a la imposibilidad de horadar a la sombra,
de sentir en su carne la frialdad del fondo de los mares donde el negror no ama,
donde faltan aquellas frescas algas amarillas
que el sol dora en las primeras aguas.
La tristeza gemebunda de ese inmóvil pez espada cuyo ojo no gira,
cuya fijeza quieta lastima su pupila,
cuya lágrima resbala entre las aguas mismas
sin que en ellas se note su amarillo tristísimo.
El fondo de ese mar donde el inmóvil pez respira con sus branquias un barro,
ese agua como un aire,
ese polvillo fino
que se alborota mintiendo la fantasía de un sueño,
que se aplaca monótono cubriendo el lecho quieto
donde gravita el monte altísimo, cuyas crestas se agitan
como penacho -sí- de un sueño oscuro.
Arriba las espumas, cabelleras difusas,
ignoran los profundos pies de fango,
esa imposibilidad de desarraigarse del abismo,
de alzarse con unas alas verdes sobre lo seco abisal
y escaparse ligero sin miedo al sol ardiente.
Las blancas cabelleras, las juveniles dichas,
pugnan hirvientes, pobladas por los peces
- por la creciente vida que ahora empieza-,
por elevar su voz al aire joven,
donde un sol fulgurante
hace plata el amor y oro los abrazos,
las pieles conjugadas,
ese unirse los pechos como las fortalezas que se aplacan fundiéndose.
Pero el fondo palpita como un solo pez abandonado.
De nada sirve que una frente gozosa
se incruste en el azul como un sol que se da,
como amor que visita a humanas criaturas.
De nada sirve que un mar inmenso entero
sienta sus peces entre espumas como si fueran pájaros.
El calor que le roba el quieto fondo opaco,
la base inconmovible de la milenaria columna
que aplasta un ala de ruiseñor ahogado,
un pico que cantaba la evasión del amor,
gozoso entre unas plumas templadas a un sol nuevo.
Ese profundo obscuro donde no existe el llanto,
donde un ojo no gira en su cuévano seco,
pez espada que no puede horadar a la sombra,
donde aplacado el limo no imita un sueño agotado.



MINA
Calla, calla. No soy el mar, no soy el cielo,
ni tampoco soy el mundo en que tú vives.
Soy el calor que sin nombre avanza sobre las piedras frías,
sobre las arenas donde quedó la huella de un pesar,
sobre el rostro que duerme como duermen las flores
cuando comprenden, soñando, que nunca fueron hierro.
Soy el sol que bajo la tierra pugna por quebrantarla
como un brazo solísimo que al fin entreabre su cárcel
y se eleva clamando mientras las aves huyen.
Soy esa amenaza a los cielos con el puño cerrado,
sueño de un monte o mar que nadie ha transportado
y que una noche escapa como un mar tan ligero.
Soy el brillo de los peces que sobre el agua finge una red de deseos,
un espejo donde la luna se contempla temblando,
el brillo de unos ojos que pueden deshacerse
cuando la noche o nube se cierran como mano.
Dejadme entonces, comprendiendo que el hierro es la salud de vivir,
que el hierro es el resplandor que de sí mismo nace
y que no espera sino la única tierra blanda a que herir como muerte,
dejadme que alce un pico y que hienda a la roca,
a la inmutable faz que las aguas no tocan.
Aquí a la orilla, mientras el azul profundo casi es negro,
mientras pasan relámpagos o luto funeral, o ya espejos,
dejadme que se quiebre la luz sobre el acero,
ira que, amor o muerte, se hincará en esta piedra,
en esta boca o dientes que saltarán sin luna.
Dejadme, sí, dejadme cavar, cavar sin tregua,
cavar hasta ese nido caliente o plumón tibio,
hasta esa carne dulce donde duermen los pájaros,
los amores de un día cuando el sol luce fuera.


MAÑANA NO VIVIRÉ

Así besándote despacio ahogo un pájaro,
ciego olvido sin dientes que no me ama,
casi humo en silencio que pronto es lágrima
cuando tú como lago quieto tendida estás sin día.
Así besándote tu humedad no es pensamiento,
no alta montaña o carne,
porque nunca al borde del precipicio cuesta más el abrazo.
Así te tengo casi filo,
riesgo amoroso, botón, equilibrio,
te tengo entre el cielo y el fondo
al borde como ser o al borde amada.
Tus alas como brazos,
amorosa insistencia en este aire que es mío,
casi mejillas crean o plumón o arribada,
batiendo mientras me olvido de los dientes bajo tus labios.
No me esperéis mañana -olvido, olvido-;
no, sol, no me esperéis cuando la forma asciende al negro día creciente;
panteras ignoradas -un cadáver o un beso-,
sólo sonido extinto o sombra, el día me encuentra.


ORILLAS DEL MAR

Después de todo lo mismo da el calor que el frío,
una dulce hormiguita color naranja,
una guitarra muda en la noche,
una mujer tendida como las conchas,
un mar como dos labios por la arena.
Un caracol como una sangre,
débil dedo que se arrastra sobre la piel mojada,
un cielo que sostienen unos hombros de nieve
y ese ahogo en el pecho de palabras redondas.
Las naranjas de fuego rodarían por el azul nocturno.
Lo mismo da un alma niña que su sombra derretida,
da lo mismo llorar unas lágrimas finas
que morder pedacitos de hielo que vive.
Tu corazón redondo como naipe
visto de perfil es un espejo,
de frente acaso es nata
y a vista de pájaro es un papel delgado.
Pero no tan delgado que no permita sangre,
y navíos azules,
y un adiós de un pañuelo que de pronto se para.
Todo lo que un pájaro esconde entre su pluma.
Oh maravilla mía,
oh dulce secreto de conversar con el mar,
de suavemente tener entre los dientes
un guijo blanco que no ha visto la luna.
Noche verde de océano que en la lengua no vuela
y se duerme deshecha como música o nido.


QUIERO SABER

Dime pronto el secreto de tu existencia;
quiero saber por qué la piedra no es pluma,
ni el corazón un árbol delicado,
ni por qué esa niña que muere entre dos venas ríos
no se va hacia la mar como todos los buques.
Quiero saber si el corazón es una lluvia o margen,
lo que se queda a un lado cuando dos se sonríen,
o es sólo la frontera entre dos manos nuevas
que estrechan una piel caliente que no separa.
Flor, risco o duda, o sed o sol 0 látigo:
el mundo todo es uno, la ribera y el párpado,
ese amarillo pájaro que duerme entre dos labios
cuando el alba penetra con esfuerzo en el día.
Quiero saber si un puente es hierro o es anhelo
esa dificultad de unir dos carnes_ íntimas,
esa separación de los pechos tocados
por una flecha nueva surtida entre lo verde.
Musgo o luna es lo mismo, lo que a nadie sorprende,
esa caricia lenta que de noche a los cuerpos
recorre como pluma o labios que ahora llueven.
Quiero saber si el río se aleja de sí mismo
estrechando unas formas en silencio,
catarata de cuerpos que se aman como espuma,
hasta dar en la mar como el placer cedido.
Los gritos son estacas de silbo, son lo hincado,
desesperación viva de ver los brazos cortos
alzados hacia el cielo en súplicas de lunas,
cabezas doloridas que arriba duermen, bogan,
sin respirar aún como láminas turbias.
Quiero saber si la noche ve abajo
cuerpos blancos de tela echados sobre tierra,
rocas falsas, cartones, hilos, piel, agua quieta,
pájaros como láminas aplicadas al suelo,
o rumores de hierro, bosque virgen al hombre.
Quiero saber altura, mar vago o infinito;
si el mar es esa oculta duda que me embriaga
cuando el viento traspone crespones transparentes,
sombra, pesos, marfiles, tormentas alargadas,
lo morado cautivo que más allá invisible
se debate, o jauría de dulces asechanzas.


CORAZÓN EN SUSPENSO

Pájaro como luna,
luna colgada o bella,
tan baja como un corazón contraído,
suspendida sin hilo de una lágrima oscura.
Esa tristeza contagiosa
en medio de la desolación de la nada,
sin un cuerpo hermosísimo,
sin un alma o cristal
contra lo que doblar un rayo bello.
La claridad del pecho o el mundo acaso,
en medio la medalla que cuelga,
ese beso cuajado en sangre pura,
doloroso músculo, corazón detenido.
Un pájaro solo -quizá sombra,
quizá la dolorosa lata triste,
el filo de ese pico que en algún labio
cortó unas flores, un amarillo estambre o polen luna.
Para esos rayos fríos,
soledad o medalla realizada,
espectro casi tangible
de una luna o una sangre o un beso al cabo.
Elegías y Poemas elegíacos


LA LUZ

El mar, la tierra, el cielo, el fuego, el viento,
el mundo permanente en que vivimos,
los astros remotísimos que casi nos suplican,
que casi a veces son una mano que acaricia los ojos.
Esa llegada de la luz que descansa en la frente.
¿De dónde llegas, de dónde vienes, amorosa forma que siento respirar,
que siento como un pecho que encerrara una música,
que siento como el rumor de unas arpas angélicas,
ya casi cristalinas como el rumor de los mundos?
¿De dónde vienes, celeste túnica que con forma de rayo luminoso
acaricias una frente que vive y sufre, que ama como lo vivo?;
¿de dónde tú, que tan pronto pareces el recuerdo de un fuego ardiente como el hierro que señala,
como te aplacas sobre la cansada existencia de una cabeza que te comprende?
Tu roce sin gemido tu sonriente llegada como unos labios de arriba,
el murmurar de tu secreto en el oído que espera,
lastima o hace soñar como la pronunciación de un nombre
que sólo pueden decir unos labios que brillan.
Contemplando ahora mismo estos tiernos animalitos que giran por tierra alrededor,
bañados por tu presencia o escala silenciosa,
revelados a su existencia, guardados por la mudez
en la que sólo se oye el batir de las sangres.
Mirando esta nuestra propia piel, nuestro cuerpo visible
porque tú lo revelas, luz que ignoro quién te envía,
luz que llegas todavía como dicha por unos labios,
con la forma de unos dientes o de un beso suplicado,
con todavía el calor de una piel que nos ama.
Dime, dime quién es, quién me llama, quién me dice, quién clama,
dime qué es este envío remotísimo que suplica,
qué llanto a veces escucho cuando eres sólo una lágrima.
Oh tú, celeste luz temblorosa o deseo,
fervorosa esperanza de un pecho que no se extingue,
de un pecho que se lamenta como dos brazos largos
capaces de enlazar una cintura en la tierra.
¡Ay amorosa cadencia de los mundos remotos,
de los amantes que nunca dicen sus sufrimientos,
de los cuerpos que existen, de las almas que existen,
de los cielos infinitos que nos llegan con un silencio!


HUMANA VOZ

Duele la cicatriz de la luz,
duele en el suelo la misma sombra de los dientes,
duele todo,
hasta el zapato triste que se lo llevó el río.
Duelen las plumas del gallo,
de tantos colores
que la frente no sabe qué postura tomar
ante el rojo cruel del poniente.
Duele el alma amarilla o una avellana lenta,
la que rodó mejilla abajo cuando estábamos dentro del agua
y las lágrimas no se sentían más que al tacto.
Duele la avispa fraudulenta
que a veces bajo la tetilla izquierda
imita un corazón o un latido,
amarilla como el azufre no tocado
o las manos del muerto a quien queríamos.
Duele la habitación como la caja del pecho,
donde las palomas blancas como sangre
pasan bajo la piel sin pararse en los labios
a hundirse en las entrañas con sus alas cerradas.
Duele el día, la noche,
duele el viento gemido,
duele la ira o espada seca,
aquello que se besa cuando es de noche.
Tristeza. Duele el candor, la ciencia,
el hierro, la cintura,
los límites y esos brazos abiertos, horizonte
como corona contra las sienes.
Duele el dolor. Te amo.
Duele, duele. Te amo.
Duele la tierra o uña,
espejo en que estas letras se reflejan.


CANCIÓN A UNA MUCHACHA MUERTA

Díme, díme el secreto de tu corazón virgen,
dime el secreto de tu cuerpo bajo tierra,
quiero saber por qué ahora eres un agua,
esas orillas frescas donde unos pies desnudos se bañan con espuma.
Díme por qué sobre tu pelo suelto,
sobre tu dulce hierba acariciada,
cae, resbala, acaricia, se va
un sol ardiente o reposado que te toca
como un viento que lleva sólo un pájaro o mano.
Díme por qué tu corazón como una selva diminuta
espera bajo tierra los imposibles pájaros,
esa canción total que por encima de los ojos
hacen los sueños cuando pasan sin ruido.
Oh tú, canción que a un cuerpo muerto o vivo,
que a un ser hermoso que bajo el suelo duerme,
cantas color de piedra, color de beso o labio,
cantas como si el nácar durmiera o respirara.
Esa cintura, ese débil volumen de un pecho triste,
ese rizo voluble que ignora el viento,
esos ojos por donde sólo boga el silencio,
esos dientes que son de marfil resguardado,
ese aire que no mueve unas hojas no verdes.
¡Oh tú, cielo riente que pasas como nube;
oh pájaro feliz que sobre un hombro ríes;
fuente que, chorro fresco, te enredas con la luna;
césped blando que pisan unos pies adorados!


PLENITUD

Una tarde de otoño caída del occidente
exactamente como la misma primavera.
Una sonrisa caliente de la nuca
que se vuelve y difícilmente nos complace.
Una nube redonda como lágrima
que abreviase su existencia simplemente como el error:
todo lo que es un paño ante los ojos,
suavemente transcurre en medio de una música indefinible,
nacida en el rincón donde las palabras no se tocan,
donde el sonido no puede acariciarse
por más que nuestros pechos se prolonguen,
por más que flotantes sobre su eco
olvidemos el peso del corazón sobre una sombra.
Alíviame.
La barca sosegada,
el transcurrir de un día o superficie,
ese resbalamiento justo de dos dimensiones,
tiene la misma sensación de un nombre,
de un sollozo doblado en tres o muerto,
cuidadosamente embalado.
Bajo cintas o arrugas,
bajo papeles color de vino añejo,
bajo láminas de esmeralda de las que no sale ya música,
la huella de una lágrima, de un dedo, de un marfil o de un beso
se ha ido levemente apagando,
creciendo con los años,
muriendo con los años,
lo mismo que un adiós,
lo mismo que un pañuelo blanco que de pronto se queda quieto.
Si repasamos suavemente la memoria,
si desechando vanos ruidos o inclemencias o estrépito,
o nauseabundo pájaro de barro contagiable,
nos echamos sobre el silencio como palos adormecidos,
como ramas en un descanso olvidadas del verde,
notaremos que el vacío no es tal, sino él, sino nosotros,
sino lo entero o todo, sino lo único.
Todo, todo, amor mío, es verdad, es ya ello.
Todo es sangre o amor o latido o existencia,
todo soy yo que siento cómo el mundo se calla
y cómo así me duelen el sollozo o la tierra.


ETERNO SECRETO

La celeste marca del amor en un campo desierto
donde hace unos minutos lucharon dos deseos,
donde todavía por el cielo un último pájaro se escapa,
caliente pluma que unas manos han retenido.
Espera, espera siempre.
Todavía llevas
el radiante temblor de una piel íntima,
de unas celestes manos mensajeras
que al cabo te enviaron para que te reflejases en el corazón vivo,
en ese oscuro hueco sin latido
del ciego y sordo y triste que en tierra duerme su opacidad sin lengua.
Oh tú, tristísimo minuto en que el ave misteriosa,
la que no sé, la que nadie sabrá de dónde llega,
se refugia en el pecho de ese cartón besado,
besado por la luna que pasa sin sonido,
como un largo vestido o un perfume invisible.
Ay tú, corazón que no tiene forma de corazón;
caja mísera, cartón que sin destino quiere latir mientras duerme,
mientras el color verde de los árboles próximos
se estira como ramas enlazándose sordas.
¡Luna cuajante fría que a los cuerpos darías calidad de cristal!
Que a las almas darías apariencia de besos;
en un bosque de palmas, de palomas dobladas,
de picos que se traman como las piedras inmóviles.
¡Luna, luna, sonido, metal duro o temblor:
ala, pavoroso plumaje que rozas un oído,
que musitas la dura cerrazón de los cielos,
mientras mientes un agua que parece la sangre!


LA VENTANA 

Cuánta tristeza en una hoja del otoño,
dudosa siempre en último término si presentarse como cuchillo.
Cuánta vacilación en el color de los ojos
antes de quedar frío como una gota amarilla.
Tu tristeza, minutos antes de morirte,
sólo comparable con la lentitud de una rosa cuando acaba,
esa sed con espinas que suplica a lo que no puede,
gesto de un cuello, dulce carne que tiembla.
Eras hermosa como la dificultad de respirar en cuarto cerrado.
Transparente como la repugnancia a un sol libérrimo,
tibia como ese suelo donde nadie ha pisado,
lenta como el cansancio que rinde al aire quieto.
Tu mano, bajo la cual se veían las cosas,
cristal finísimo que no acarició nunca otra mano,
flor o vidrio que, nunca deshojado,
era verde al reflejo de una luna de hierro.
Tu carne, en que la sangre detenida apenas consentía
una triste burbuja rompiendo entre los dientes,
como la débil palabra que casi ya es redonda
detenida en la lengua dulcemente de noche.
Tu sangre, en que ese limo donde no entra la luz
es como el beso falso de unos polvos o un talco,
un rostro en que destella tenuamente la muerte,
beso dulce que da una cera enfriada.
Oh tú, amoroso poniente que te despides como dos brazos largos
cuando por una ventana ahora abierta a ese frío
una fresca mariposa penetra,
alas, nombre o dolor, pena contra la vida
que se marcha volando con el último rayo.
Oh tú, calor, rubí o ardiente pluma,
pájaros encendidos que son nuncio de la noche,
plumaje con forma de corazón colorado
que en lo negro se extiende como dos alas grandes.
Barcos lejanos, silbo amoroso, velas que no suenan,
silencio como mano que acaricia lo quieto,
beso inmenso del mundo como una boca sola,
como dos bocas fijas que nunca se separan.
¡Oh verdad, oh morir una noche de otoño,
cuerpo largo que viaja hacia la luz del fondo,
agua dulce que sostienes un cuerpo concedido,
verde o frío palor que vistes un desnudo!


LA DICHA 
No. ¡Basta!
Basta siempre.
Escapad, escapad; sólo quiero,
sólo quiero tu muerte cotidiana.
El busto erguido, la terrible columna,
el cuello febricente, la convocación de los robles,
las manos que son piedra, luna de piedra sorda
y el vientre que es el sol, el único extinto sol.
¡Hierba seas! Hierba reseca, apretadas raíces,
follaje entre los muslos donde ni gusanos ya viven,
porque la tierra no puede ni ser grata a los labios,
a esos que fueron, sí, caracoles de lo húmedo.
Matarte a ti, pie inmenso, yeso escupido,
pie masticado días y días cuando los ojos sueñan,
cuando hacen un paisaje azul cándido y nuevo
donde una niña entera se baña sin espuma.
Matarte a ti, cuajarón redondo, forma o montículo,
materia vil, vomitadura o escarnio,
palabra que pendiente de unos labios morados
ha colgado en la muerte putrefacta o el beso.
No. ¡No!
Tenerte aquí, corazón que latiste entre mis dientes larguísimos,
en mis dientes o clavos amorosos o dardos,
o temblor de tu carne cuando yacía inerte
como el vivaz lagarto que se besa y se besa.
Tu mentira catarata de números,
catarata de manos de mujer con sortijas,
catarata de dijes donde pelos se guardan,
donde ópalos u ojos están en terciopelos,
donde las mismas uñas se guardan con encajes.
Muere, muere como el clamor de la tierra estéril,
como la tortuga machacada por un pie desnudo,
pie herido cuya sangre, sangre fresca y novísima,
quiere correr y ser como un río naciente.
Canto el cielo feliz, el azul que despunta,
canto la dicha de amar dulces criaturas,
de amar a lo que nace bajo las piedras limpias,
agua, flor, hoja, sed, lámina, río o viento,
amorosa presencia de un día que sé existe.


SOBRE LA MISMA TIERRA 

La severidad del mundo, estameña,
el traje de la mujer amada,
el camino de las hormigas por un cuerpo hermosísimo,
no impiden esa tos en el polvo besado,
mientras bajo las nubes bogan aves ligeras.
La memoria como el hilo o saliva,
la miel ingrata que se enreda al tobillo,
esa levísima serpiente que te incrusta su amor
como dos letras sobre la piel odiada.
Esa subida lenta del crepúsculo más rosado,
crecimiento de escamas en que la frialdad es viscosa,
es el roce de un labio independiente
sobre la tierra húmeda,
cuando la sierpecilla mira,
mira, mira a los ojos,
a esa paloma núbil que aletea en la frente.
La noche sólo es un traje.
No sirve rechazar juncos alegando que se trata de dientes,
o de pesares cuya falta de raíz es lo blanco,
o que el fango son palabras deshechas,
las masticadas después del amor,
cuando por fin los cuerpos se separan.
No sirve pretender que la luna equivale al brillo de un ropaje algo inútil,
o que es mejor aquella desnudez ardiente,
- si la rana cantando dice que el verde es verde
y que las uñas se ablandan en el barro
por más que el mundo entero intente una seriedad córnea.
Basta entonces sentarse en un ribazo.
O basta acaso, apoyando ese codo que sólo poseemos desde ayer,
escuchar mano en mejilla
la promesa de dicha que canta un pez regalado,
esa voz, no de junco,
que por una botella
emite un alga triste -algo que se parece a un espejo cansado.
Escuchando esa música
se comprende que el bosque cambie de sitio,
que de pronto el corazón se trueque por un monte
o que sencillamente se alargue un brazo para repiquetear sobre el cristal del crepúsculo.
Todo es fácil.
Es fácil amenizar la hora siniestra
tomando la forma de una harmónica,
de ese inútil juguete que en el borde de un río
jamás conseguirá imitar su canción,
o de ese peine inusado
que entre la hierba fresca
no pretende confundirse con la Primavera,
por saber que es inútil.
Mejor sería entonces levantarse y, abandonando
brazos como dos flores largas,
emprender el camino del poniente,
a ver si allá se comprueba lo que ya es tan sabido,
que la noche y el día no son lo negro o lo blanco,
sino la boca misma que duerme entre las rocas,
cuyo alterno respiro
no es el beso o el no beso,
sino el polvo que llueve sobre la tierra mísera.