domingo, 10 de marzo de 2013

PINO CANARIO





PINO CANARIO
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El pino canario (Pinus canariensis) es el árbol de mayor porte de la flora propia canaria, llegando a alcanzar los 60 metros en la zona tinerfeña de Vilaflor. Es un colonizador nato en la zona a barlovento de los alisios en el piso de vegetación comprendido entre las zonas de nieblas y las alturas de nieves. En La Caldera de Taburiente, se encuentra a sotavento de los alisios, por lo que se encuentra entre los 400 y 2.400 metros. El fuego, al que el pino desarrollado es resistente cuando aquellos son rápidos, determina la formación de los mismos. Tiene, por lo tanto, capacidad de rebrotar debido a la resistencia de su corazón ateado. Es uno de los elementos caracterizadores del paisaje del Parque Nacional y a su lecho el sotobosque como en todos los pinares resulta pobre. Vemos una explicación detallada realizada por Ramón Peña, guía del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente.

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Su resistencia al fuego y su gran versatilidad lo convierten en un ejemplar todoterreno, piedra angular, además, de la arquitectura de las islas
Pocas especies pueden adaptarse a la escarpada orografía volcánica del archipiélago canario, pero un árbol cuyo origen se remonta al Jurásico está capacitado para hacerlo: el pino canario (Pinus canariensis). Su resistencia al fuego y su gran versatilidad lo convierten en un ejemplar todoterreno, piedra angular, además, de la arquitectura de las islas.
Hace más de 135 millones de años, en el Jurásico Superior, el mar de Tetis separaba los primitivos continentes de Laurasia (formada por Europa, Asia y América del Norte) y Gondwana (Sudamérica, África, la Antártida y Oceanía). En esas costas nació una conífera ‘camaleónica’, resistente a las condiciones más adversas y que pervive en la actualidad. Es el pino canario (Pinus canariensis).
Fósiles encontrados en Austria, en el sur de Francia y en el levante español corroboran esta hipótesis, reafirmada porque “su pariente más próximo es el pino del Himalaya (Pinus roxburghii), situado a más de 6.000 kilómetros de distancia”, explica a SINC José Climent, director del departamento de Ecología y Genética Forestal del Centro de Investigación Forestal (CIFOR-INIA) en Madrid.
Tras los períodos fríos y la glaciación, la especie quedó restringida al archipiélago canario hace 65 millones de años. En la actualidad, los ejemplares se localizan en Gran Canaria, Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro, aunque existen restos fósiles también en Fuerteventura.
Acostumbrado a vivir entre los volcanes de las islas, la principal característica de este pino es su resistencia al fuego. “Cuenta con una alta adaptación a las llamas, que le ayudan a eliminar árboles enfermos y favorece la germinación de nuevos individuos”, explica a SINC José Ramón Arévalo, investigador del departamento de Ecología de la Universidad de La Laguna (Tenerife).
La cubierta acorchada del tronco protege al pino del fuego, pero eso no significa que pueda soportar un alto ritmo de incendios. “Existe un gran debate sobre si las llamas le benefician o si su resistencia aflora con catástrofes de gran intensidad pero de baja frecuencia como el vulcanismo”, afirma Climent.
De hecho, los ejemplares más jóvenes no sobreviven a las llamas. “El régimen actual de incendios muy frecuentes puede poner en riesgo su adaptación”, añade el experto. Como consecuencia del fuego, los ejemplares más longevos registran menor crecimiento de su grosor y la formación de anillos de crecimiento no se completa.
“Este crecimiento se detiene porque supone un elevado coste energético para los árboles muy dañados. Cuando el incendio ha destruido su copa, no lo pueden compaginar con la reconstrucción del número de hojas”, indica a SINC Mar Génova, investigadora de la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Forestal (EIFORNAT-UPM) de Madrid.
Su resistencia a las condiciones más difíciles lo convierte en el mejor candidato para la reforestación, sobre todo en zonas que fueron su antiguo dominio. “Esto abarca áreas que van desde los 600 a los 2.000 metros de altitud en zonas meridionales (al sur), y por encima de los 1.200 metros en puntos septentrionales (al norte)”, señala a SINC Arnoldo Santos, investigador del Jardín de Aclimatación de la Orotava (ICIA) en Tenerife.
Aunque se han plantado algunos ejemplares en la Península Ibérica (en puntos de Sierra Morena, Castellón y Valencia), los expertos coinciden en destacar que su introducción “no resulta positiva” y apuntan a las especies nativas, resistentes al fuego, como la mejor opción. De esta forma, la reforestación se acercaría al proceso natural.
Aparte de este uso forestal, el pino canario actúa como protector de suelos y capta las precipitaciones de zonas influidas por los vientos alisios (que circulan entre los trópicos), lo que aumenta las reservas hídricas.
En cuanto a sus fines ornamentales, a pesar de que en la actualidad su codiciada madera vieja (llamada ‘tea’) es muy cara e impide ser utilizado con fines ebanísticos, históricamente fue una importante fuente de recursos. “La ‘tea’ ha sido la base de la construcción de la arquitectura típica canaria durante siglos”, asegura el experto.
Balcones, puertas, ventanas, techos o suelos eran construidos con esta delicada materia prima, lo que provocó la deforestación de grandes masas arbóreas de Gran Canaria, Tenerife, Hierro y La Palma en el siglo XVI.
La pérdida de ejemplares por culpa de la acción humana obligó a las autoridades de las islas de la época a publicar normativas de conservación y repoblación. Hoy, la especie está muy preservada, al desarrollarse sobre todo en zonas protegidas como el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente (La Palma) y otros parques naturales del archipiélago.
Sin embargo, a pesar de esta protección, la especie se ve amenazada por las plagas, el cambio climático y los incendios muy frecuentes. Su convivencia con otras especies, por el contrario, no supone un problema gracias a su perfil camaleónico.
“Muchas de sus masas son mixtas, con brezos y fayas”, mantiene Climent. “También convive con palmeras, sabinas y cedros canarios, aunque muchas de sus masas son puras porque el espeso manto de pinocha (hojas secas de los pinos) que se forma en el suelo del pinar dificulta que germinen otras plantas”, añade.
A diferencia de otras especies de las islas, que necesitan condiciones menos adversas, el pino canario “es un buen colonizador de terrenos volcánicos jóvenes y se adapta a diferentes altitudes: desde casi el nivel del mar hasta más de 2.300 metros de altitud”, asegura Santos. Por eso, las escarpadas cumbres de las islas más altas no son un desierto volcánico. Si el ritmo de incendios se lo permite, desde allí podrá ser fiel testigo de lo que ocurra en los próximos millones de años.


PINO CANARIO
Su tronco, columnar, dispone de una corteza parda, lisa y clara al principio, pero que con los años se engrosa y resquebraja. La corteza puede llegar a medir 7 u 8 centímetros y se convierte en eficaz protección contra los incendios.

Los pinos adultos pueden alcanzar los 30 m de altura, aunque algunos superan los 50 m. Los ejemplares viejos, muchos de ellos varias veces centenarios,presentan formas caprichosas, cada uno según su propia historia. Su copa suele ser aparasolada, ya que el tronco apenas crece en altura cuando sobrepasa el centenar de años, pero no así las ramas, que siguen creciendo por los lados.

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La madera del pino canario muestra un marcado contraste entre la albura, o parte exterior, y el duramen, o parte interior. La primera es blanda y de color blanco-amarillento; la interior, llamada tea, es muy resinosa y de color rojo acaramelado. La tea es prácticamente incorruptible, y siempre ha sido muy apreciada en construcción, tanto de interiores (vigas, techumbre, escaleras, suelos) como de exteriores (canales de agua, balcones, contraventanas, terrazas). Los pinos de las zonas altas, secas y frías, presentan mayor volumen de tea que los de las zonas inferiores, más cálidas y húmedas. Antaño las cumbres isleñas estaban pobladas por pinos gigantescos, pero casi todos fueron talados a raíz de la conquista, precisamente por las magníficas cualidades de la tea. Es fama que con la madera de un solo pino se cubrió la primitiva iglesia de Los Remedios, la actual catedral de La Laguna, de 20 m de largo por 12 m de ancho, y con la de otro se fabricó toda la celda provincial del convento de San Francisco, en La Orotava.

Historia botánica
La información más antigua conocida sobre el pino canario se remonta al siglo I d.C., y se debe al naturalista romano Plinio El Viejo. En su relato sobre la famosa expedición enviada por Juba II a las legendarias “Islas Afortunadas”, Plinio menciona la abundancia de piñones de pino (nuce pinea abundare) en la isla que él llama “Canaria”, un dato muy interesante para futuras expediciones, ya que se trataba de un alimento natural disponible en grandes cantidades. Pero al desaparecer el Imperio Romano Occidental en el siglo V d.C., las Canarias cayeron en el olvido, y apenas se supo de ellas hasta que se redescubrieron un milenio más tarde.

A partir del siglo XV, las noticias sobre Canarias y sus pinos son mucho más precisas. Según Le Canarien. la crónica de la conquista normanda de principios de ese siglo, las montañas de las islas más altas estaban cubiertas por grandes bosques de pino, algunos “tan gruesos y altos que maravilla”. En 1464, mucho antes de que Tenerife fuese conquistada, Diego de Herrera, Señor de Lanzarote y Fuerteventura, estableció un pacto con los menceyes guanches que le permitió sacar madera y pez de los pinares que, por aquel entonces, se extendían por el Sur hasta los alrededores del actual casco urbano de Santa Cruz. Según la tradición, algunas antiguas construcciones de las islas orientales aún conservan en su estructura tablones de tea procedentes de pinos tinerfeños de aquella época. La pez o brea era una mezcla de resina y cenizas que se obtenía quemando troncos de pino tea en unos hornos de piedra construidos en medio de los pinares. Esta especie de alquitrán, que en Europa se extraía de otras coníferas, se había utilizado desde tiempos remotos en el calafateo de embarcaciones de madera, esto es, para impermeabilizar el casco y sellar las junturas del armazón. Fue un producto imprescindible en la navegación hasta bien entrado el siglo XIX, cuando comenzó la fabricación en serie de barcos de casco metálico. En Canarias, la explotación de la pez fue una de las principales causas de la destrucción de los pinares naturales. Refiriéndose a La Palma, el portugués Gaspar Frutuoso escribía a finales del siglo XVI que un horno podía producir hasta 100 quintales de pez, “y a veces arden cinco o seis hornos juntos”. El rendimiento de estos hornos, algunos de los cuales aún se conservan en buen estado, era muy bajo, ya que apenas llegaba al 10 %. Para obtener un kilo de pez era necesario quemar más de 10 kilos de tea. Se estima que, sólo en Tenerife, la producción de pez entre los siglos XVI y XVIII rondaba los 30.000 quintales al año, lo que significa que unas 150.000 toneladas de tea desaparecían anualmente. Sin duda, fue un gran negocio para algunos, pero un auténtico desastre para los pinares canarios.
Como se comentó anteriormente, los pinos de las cumbres tienen más tea que los que crecen en las regiones inferiores. Sin embargo, muchos ejemplares de las zonas bajas son ricos en resina y, por el contrario, otros de zonas altas apenas la producen. Esto se debe, entre otras razones, a las condiciones microclimáticas propias de cada lugar, algo que parece lógico dada la variada topografía isleña y que, además, se ha comprobado científicamente. Como esa diferencia era importante, sobre todo para los comerciantes de tea y para los pegueros, personas dedicadas al negocio de la pez, durante mucho tiempo se creyó que en Canarias existían dos especies diferentes de pino. Uno se conocía como “pino manso”, y era esbelto, de porte piramidal y madera blanda; el otro, llamado “pino tea”, era más bien rechoncho, de porte aparasolado y madera resinosa. El porte, en realidad, apenas servía para distinguirlos, y los leñadores necesitaban “catarlos”, esto es, darles unos cuantos hachazos en el tronco para comprobar si tenían suficiente tea y valía la pena talarlos.
Hasta bien entrado el siglo XIX, esa opinión fue compartida por casi todos los botánicos europeos que visitaron las islas. Algunos pensaron que pertenecían a especies ya conocidas, como el pino negral (Pinus nigra), el silvestre (Pinus sylvestris), el marítimo (Pinus pinaster) o el carrasco (Pinus halepensis). Alexander von Humboldt, sin embargo, observó que los pinos canarios eran bastante peculiares. El sabio alemán consultó sus dudas con De Candolle, uno de los grandes botánicos de la época, quien le confirmó que nuestro pino no tenía nada que ver con las especies citadas hasta entonces. Por otro lado, Humboldt había recomendado al geólogo alemán Leopold von Buch que visitara las Canarias, lo que hizo en 1815 en compañía del botánico noruego Christen Smith. Y fue precisamente Smith quien describió por primera vez el pino canario como nueva especie para la ciencia, dándole la denominación de Pinus canariensis. Ya había fallecido cuando su descripción fue publicada en marzo de 1825. De Candolle, que seguramente tuvo en cuenta la información facilitada por Humboldt, publicó en junio de ese mismo año un artículo donde también daba a conocer el nuevo pino, al que bautizó con idéntico nombre científico. En realidad, no hubo ningún plagio y ambos botánicos llegaron por diferentes caminos a la misma conclusión. Como las normas del Código Internacional de Taxonomía Vegetal establecen que tiene preferencia la primera descripción publicada, actualmente se le atribuye a Christien Smith la “paternidad” del nombre científico del pino canario.
Pero la duda sobre la existencia en Canarias de dos especies diferentes de pino no quedó zanjada, y el propio Smith incluso planteó esa posibilidad. En cualquier caso, hoy en día se considera que se trata de una sola especie, pero muy variable. Un estudio reciente sugiere que existen hasta cinco tipos diferentes de pino canario según la morfología de las piñas, una de las características taxonómicas básicas para identificar las distintas especies del género Pinus. Esa variabilidad también está avalada por las modernas investigaciones en genética molecular, que han aportado datos muy interesantes. Por ejemplo, indican que la diversidad genética entre pinos de una misma isla es del 19 %, pero entre diferentes islas es casi nula. Se ha comprobado que la mayor diversidad genética se encuentra en los pinares del sur de Gran Canaria; sin embargo, las poblaciones puntuales de Garabato, en Vallehermoso (La Gomera), y las del Roque de los Pinos, en Anaga (Tenerife), son prácticamente idénticas desde el punto de vista genético. Los estudios a nivel molecular también sugieren que los diferentes tipos actuales de pino canario proceden de un solo ancestro continental, y su variabilidad genética debe atribuirse a la historia geológica propia de cada isla, plagada de erupciones volcánicas de enormes proporciones que, durante mucho tiempo, aislaron unas poblaciones de otras.
Morfológicamente, el pino que más re-cuerda al canario es el pino chir (Pinus roxburghii), que se distribuye por las regiones occidentales del Himalaya. Su porte es muy parecido y sus largas acículas también se agrupan de tres en tres, una característica que no presenta ningún otro pino del Viejo Mundo. Hasta hace poco se creía que ambas especies procedían de un ancestro común de amplia distribución euroasiática, que habría desaparecido durante los grandes cambios climáticos a finales del Mioceno. Sin embargo, los estudios genéticos indican que el pino canario está más emparentado con los actuales pinos mediterráneos (P. halepensis, P. pinea, P. pinaster y P. brutia) que con el pino del Himalaya. Éste, curiosamente, parece estar más relacionado con los pinos americanos24. Como los resultados de estas investigaciones aún no son concluyentes, el pino canario y el chir se han incluido provisionalmente en el mismo grupo que los pinos mediterráneos (Pinaster).

PINO CANARIO
Las yemas de estos pinos son muy espectaculares, cilindricas, de color pardo rojizo, Las hojas surgen agrupadas en el extremo de los brotes del año. Son hojas muy largas, de hasta 30 centímetros. Se asocian de tres en tres. Forman como una cabellera de las yemas.

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El pino canario en la cultura popular
Es evidente la importancia que tienen los pinares en la conservación del medio natural canario: constituyen las masas forestales más grandes de las islas, condensan el agua de las nubes, retienen el suelo, producen oxígeno, limpian el aire, y dan cobijo y alimento a muchas plantas y animales. Además, es un placer caminar entre árboles “tan gruesos y altos que maravilla”, y muy bueno para la salud física y mental.

De una forma u otra, el pino siempre ha estado presente en la vida cotidiana de los canarios. Antaño les proporcionó leña para cocinar y calentarse, madera para construir casas, iglesias, barcos, muebles, cajas, lagares, canales de agua, carretas, aperos de labranza y muchas más cosas. Con sus palos fabricaron lanzas para defenderse y andar por riscos y barrancos, se alumbraron con haces de tea, curaron algunas enfermedades con su resina, y con la pinocha rellenaron colchones, hicieron estiércol y protegieron las manillas de plátanos para que llegaran en perfectas condiciones a su destino. Antes de la conquista, los antiguos canarios se alimentaron con sus piñones. y utilizaron la resina, entre otros productos, para momificar a los muertos. En lengua bereber, la palabra tayda significa pino. y es posible que algunos topónimos aborígenes, como Teide y Taiga, en Tenerife, o Taidía, en Gran Canaria, hagan referencia a estos árboles.
La importancia del pino canario ha quedado reflejada en numerosas tradiciones históricas, culturales y religiosas. Muchos topónimos están relacionados con el pino y sus productos. El Pinar, Pinoleris, Pinomocho, Pino Santo, Charco del Pino, Pino de la Virgen, Pinos Altos, Pinos Dulces, Cruz de Tea, Llanos de la Pez, etc. Algunos pinos centenarios son históricos, como el de La Campana, en La Victoria de Acentejo, donde se celebró una misa tras la derrota de los guanches; otros son conocidos por su extraordinario tamaño, como el Pino Gordo de Vilaflor; otros, en fin, deben su fama a cuestiones religiosas, como el Pino Santo de Teror, en cuya copa apareció la imagen de la Virgen del Pino.