viernes, 1 de marzo de 2013

Blas de Otero


A LA INMENSA MAYORÍA 

(Bilbao, 1916-1979)

Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre 
aquel que amó, vivió, murió por dentro 
y un buen día bajó a la calle: entonces 
comprendió: y rompió todos su versos. 
Así es, así fue. Salió una noche 
echando espuma por los ojos, ebrio 
de amor, huyendo sin saber adónde: 
a donde el aire no apestase a muerto. 
Tiendas de paz, brizados pabellones, 
eran sus brazos, como llama al viento; 
olas de sangre contra el pecho, enormes 
olas de odio, ved, por todo el cuerpo. 
¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces 
en vuelo horizontal cruzan el cielo; 
horribles peces de metal recorren 
las espaldas del mar, de puerto a puerto. 
Yo doy todos mis versos por un hombre 
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso, 
mi última voluntad. Bilbao, a once 
de abril, cincuenta y uno.                                               


BASTA

Imaginé mi horror por un momento 
que Dios, el solo vivo, no existiera, 
o que, existiendo, sólo consistiera 
en tierra, en agua, en fuego, en sombra, en viento. 
Y que la muerte, oh estremecimiento, 
fuese el hueco sin luz de una escalera, 
un colosal vacío que se hundiera 
en un silencio desolado, liento. 
Entonces ¿para qué vivir, oh hijos 
de madre, a qué vidrieras, crucifijos 
y todo lo demás? Basta la muerte. 
Basta. Termina, oh Dios, de maltratarnos. 
O si no, déjanos precipitarnos 
sobre Ti, ronco río que revierte. 


CUERPO DE MUJER; RÍO DE ORO

Cuerpo de la mujer, río de oro 
donde, hundidos los brazos, recibimos 
un relámpago azul, unos racimos 
de luz rasgada en un frondor de oro. 
Cuerpo de la mujer o mar de oro 
donde, amando las manos, no sabemos, 
si los senos son olas, si son remos 
los brazos, si son alas solas de oro... 
Cuerpo de la mujer, fuente de llanto 
donde, después de tanta luz, de tanto 
tacto sutil, de Tántalo es la pena. 
Suena la soledad de Dios. Sentimos 
la soledad de dos. Y una cadena 
que no suena, ancla en Dios almas y limos.


HOMBRE

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte, 
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando, 
ahoga mi voz en el vacío inerte. 
Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte 
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo 
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando 
solo. Arañando sombras para verte. 
Alzo la mano, y tú me la cercenas. 
Abro los ojos: me los sajas vivos. 
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas. 
Esto es ser hombre: horror a manos llenas. 
Ser —y no ser— eternos, fugitivos. 
¡Ángel con grandes alas de cadenas! 


DIGO VIVIR 

Porque vivir se ha puesto al rojo vivo. 
(Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada.) 
Digo vivir, vivir como si nada 
hubiese de quedar de lo que escribo. 
Porque escribir es viento fugitivo, 
y publicar, columna arrinconada. 
Digo vivir, vivir a pulso, airada- 
mente morir, citar desde el estribo. 
Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro, 
abominando cuanto he escrito: escombro 
del hombre aquel que fui cuando callaba. 
Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra 
más inmortal: aquella fiesta brava 
del vivir y el morir. Lo demás sobra.


EN EL PRINCIPIO

Si he perdido la vida, el tiempo, todo 
lo que tiré, como un anillo, al agua, 
si he perdido la voz en la maleza, 
me queda la palabra. 
Si he sufrido la sed, el hambre, todo 
lo que era mío y resultó ser nada, 
si he segado las sombras en silencio, 
me queda la palabra. 
Si abrí los labios para ver el rostro 
puro y terrible de mi patria, 
si abrí los labios hasta desgarrármelos, 
me queda la palabra.



Un relámpago apenas

Besas como si fuese a comerme.
Besas besos de mar, a dentelladas.
Las manos en mis sienes y abismadas
nuestras miradas. Yo, sin lucha, inerme,
me declaro vendido, sin vencerme
es ver en ti mis manos maniatadas.
Besas besos de Dios. A bocanadas
bebes mi vida. Sorbes, sin dolerme,
tiras de mi raíz, subes mi muerte
a flor de labio, Y luego, mimadora,
la brizas y las rozas con tu beso.
Oh Dios, oh Dios, si para verte
bastará un beso, un beso que se llora
después, porque ¡oh, por qué! no basta eso.


JUICIO FINAL 

Yo, pecador, artista del pecado, 
comido por el ansia hasta los tuétanos, 
yo, tropel de esperanza y de fracasos, 
estatua del dolor, firma del viento. 
Yo, pecador, en fin, desesperado 
de sombras y de suenos: me confieso 
que soy un hombre en situación de hablaros 
de la vida. Peque. No me arrepiento. 
Nací para narrar con estos labios 
que barrera la muerte un dia de éstos, 
esplendidas caídas en picado 
del bello avión aquel de carne y hueso. 
Alas arriba disparo los brazos, 
alardeando de tan alto invento; 
plumas de níquel. escribid despacio. 
Hélas aqui, hincadas en el suelo. 
Este es mi sitio. Mi terreno. Campo 
de aterrizaje de mis ansias. Cielo 
al revés. Es mi sitio y no lo cambio 
por ninguno. Caí. No me arrepiento. 
Impetus nuevos nacerán, mas altos. 
Llegare por mis pies, para que os quiero? 
a la patria del hombre: al cielo raso 
de sombras esas y de sueños esos.




... Tántalo en fugitiva fuente de oro.

F. DE QUEVEDO

Cuerpo de la mujer, río de oro
donde, hundidos los brazos, recibimos
un relámpago azul, unos racimos
de luz rasgada en un frondor de oro.

Cuerpo de la mujer o mar de oro
donde, amando las manos, no sabemos,
si los senos son olas, si son remos
los brazos, si son alas solas de oro...

Cuerpo de la mujer, fuente de llanto
donde, después de tanta luz, de tanto
tacto sutil, de Tántalo es la pena.

Suena la soledad de Dios. Sentimos
la soledad de dos. Y una cadena
que no suena, ancla en Dios almas y limos.




En la inmensa mayoría 

Podrá faltarme el aire,
el agua,
el pan,
sé que me faltarán.
El aire, que no es de nadie.
El agua, que es del sediento.
El pan... Sé que me faltarán.
La fe, jamás.
Cuanto menos aire, más.
Cuanto más sediento, más.
Ni más ni menos. Más.


Tú, que hieres

Arrebatadamente te persigo.
Arrebatadamente, desgarrando
mi soledad mortal, te voy llamando
a golpes de silencio. Ven, te digo
como un muerto furioso. Ven. Conmigo
has de morir. Contigo estoy creando
mi eternidad. (De qué. De quién.) De cuando
arrebatadamente esté contigo.
Y sigo, muerto, en pie. Pero te llamo
a golpes de agonía. Ven. No quieres.
Y sigo, muerto, en pie. Pero te amo
a besos de ansiedad y de agonía.
No quieres. Tú, que vives. Tú, que hieres
arrebatadamente el ansia mía.
 


Fidelidad 

Creo en el hombre. He visto 
espaldas astilladas a trallazos, 
almas cegadas avanzando a brincos 
(españas a caballo 
del dolor y del hambre). Y he creído. 
Creo en la paz. He visto 
altas estrellas, llameantes ámbitos 
amanecientes, incendiando ríos 
hondos, caudal humano 
hacia otra luz: he visto y he creído. 
Creo en ti, patria. Digo 
lo que he visto: relámpagos 
de rabia, amor en frío, y un cuchillo 
chillando, haciéndose pedazos 
de pan: aunque hoy hay sólo sombra, he visto 
y he creído.


Vi que estabas 

Volví la frente: Estabas. Estuviste 
esperándome siempre. 
Detrás de una palabra 
maravillosa, siempre. 
Abres y cierras, suave, el cielo. 
Como esperándote, amanece. 
Cedes la luz, mueves la brisa 
de los atardeceres. 
Volví a la vida; vi que estabas 
tejiendo, destejiendo siempre. 
Silenciosa, tejiendo 
(tarde es, amor, ya tarde y peligroso) 
y destejiendo nieve 
Porque quiero tu cuerpo 
Porque quiero tu cuerpo ciegamente. 
Porque deseo tu belleza plena. 
Porque busco ese horror, 
esa cadena mortal, 
que arrastra inconsolablemente. 
Inconsolablemente. 
Diente a diente, 
voy bebiendo tu amor, 
tu noche llena. 
Diente a diente, Señor, 
y vena a vena vas sorbiendo mi muerte. 
Lentamente. 
Porque quiero tu cuerpo 
y lo persigo a través de la sangre y de la nada. 
Porque busco tu noche toda entera. 
Porque quiero morir, 
vivir contigo esta horrible tristeza enamorada 
que abrazaría, oh Dios, cuando yo muera. 
Donde se habla de las flores silvestres 
Desde luego, la vida 
es una broma pesada. Y sin embargo, 
el aire existe y el año diecisiete existe indestructible 
y ella y yo hemos sin causa aireado días en Castilla 
y junto al Cáucaso del Norte, 
es que la vida no sabe lo que hace, 
a veces falta a su palabra, 
no es un río que rueda y refleja los árboles, las nubes 
y desemboca a hora fija en el Atlántico, 
sino un caballo violento, arbitrario, ciego 
y sin embargo hermoso como un caballo, 
y ella y yo lo llevamos asido duramente 
lo mismo en La Habana, Kislavosqui o Bilbao, 
y el aire revuelve las florecillas silvestres 
y estalla la tormenta y corremos hacia la larga fachada 
del palacio de invierno, donde la vida se mudó de ropa.



LA TIERRA 

Un mundo como un árbol desgajado. 
Una generación desarraigada. 
Unos hombres sin más destino que 
apuntalar las ruinas. 
Romper el mar 
en el mar, como un himen inmenso, 
mecen los árboles el silencio verde, 
las estrellas crepitan, yo las oigo. 
Sólo el hombre está solo. Es que se sabe 
vivo y mortal. Es que se siente huir 
—ese río del tiempo hacia la muerte—. 
Es que quiere quedar. Seguir siguiendo, 
subir, a contramuerte, hasta lo eterno. 
Le da miedo mirar. Cierra los ojos 
para dormir el sueño de los vivos. 
Pero la muerte, desde dentro, ve. 
Pero la muerte, desde dentro, vela. 
Pero la muerte, desde dentro, mata. 
...El mar —la mar—, como un himen inmenso, 
los árboles moviendo el verde aire, 
la nieve en llamas de la luz en vilo...






Música tuya

¿Es verdad que te gusta verte hundida
en el mar de la música; dejarte
llevar por esas alas; abismarte
en esa luz tan honda y escondida?
Si es así, no ames más; dame tu vida,
que ella es la esencia y el clamor del arte;
herida estás de Dios de parte a parte,
y yo quiero escuchar sólo esa herida.
Mares, alas, intensas luces libres,
sonarán en mi alma cuando vibres,
ciega de amor, tañida entre mis brazos.
Y yo sabré la música ardorosa
de unas alas de Dios, de una luz rosa,
de un mar total con olas como abrazos.



Encuesta

Quiero encontrar, ando buscando la causa del sufrimiento.
La causa a secas del sufrimiento a veces
mojado en sangre, en lágrimas, y en seco
muchas más. La causa de las causas de las cosas
horribles que nos pasan a los hombres.
No a Juan de Yepes, a Blas de Otero, a León
Bloy, a César Vallejo, no, no busco eso,
qué va, ando buscando únicamente
la causa del sufrimiento
(del sufrimiento a secas),
la causa a secas del sufrimiento a veces...
Y siempre vuelta a empezar.
Me pregunto quién goza con que suframos los hombres.
Quién se afeita a favor del viento de la angustia.
Qué sucede en la sección de Inmortalidad
cuando según todas las pruebas nos morimos para siempre.
Sabemos poco en materia de sufrimiento.
Estamos muy orgullosos con nuestro orgullo,
pero si yo les arguyo con el sufrimiento no saben qué decirme.
Mire usted en la guía telefónica,
o en la Biblia, es fácil que allí encuentre algo.
Y agarro la Biblia telefónica,
y agarro
con las dos manos la Guía de pecadores..., y se caen al suelo
todos los platos.
Desde los siete años
oyendo lo mismo a todas horas, cielo santo
santo, santo, como de Dios al fin obra maestra!
Pero, del sufrimiento, como el primer día:
mudos y flagelados a doble columna. Es horrible.




HIJA DE YAGO

Aquí, proa de Europa preñadamente en punta;
aquí, talón sangrante del bárbaro Occidente;
áspid en piedra viva, que el mar dispersa y junta;
pánica Iberia, silo del sol, haza crujiente.
Tremor de muerte, eterno tremor escarnecido,
ávidamente orzaba la proa hacia otra vida,
en tanto que el talón, en tierra entrometido,
pisaba, horrible, el rostro de América adormida.
¡Santiago y cierra España! Derrostran con las uñas
y con los dientes rezan a un Dios de infierno en ristre,
encielan a sus muertos, entierran las pezuñas
en la más ardua historia que la Historia registre.
Alángeles y arcángeles se juntan contra el hombre.
Y el hambre hace su presa, los túmulos su agosto.
Tres años y cien caños de sangre Abel, sin nombre...
(Insoportablemente terrible es su arregosto.)
Madre y maestra mía, triste, espaciosa España,
he aquí a tu hijo. Úngenos, madre. Haz
habitable tu ámbito. Respirable tu extraña
paz. Para el hombre, Paz. Para el aire, madre, paz.




Digo vivir 

Porque vivir se ha puesto al rojo vivo.
(Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada.)
Digo vivir, vivir como si nada
hubiese de quedar de lo que escribo.
Porque escribir es viento fugitivo,
y publicar, columna arrinconada.
Digo vivir, vivir a pulso,
airadamente morir, citar desde el estribo.
Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro,
abominando cuanto he escrito: escombro
del hombre aquel que fui cuando callaba.
Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra
más inmortal: aquella fiesta brava
del vivir y el morir. Lo demás sobra.




CANCIÓN CINCO

Por los puentes de Zamora,
sola y lenta, iba mi alma.
No por el puente de hierro,
el de piedra es el que amaba.
A ratos miraba al cielo,
a ratos miraba al agua.
Por los puentes de Zamora,
sola y lenta, iba mi alma.




Salmo por el hombre de hoy

Salva al hombre, Señor, en esta hora
horrorosa, de trágico destino;
no sabe adónde va, de dónde vino
tanto dolor, que en sauce roto llora.
Ponlo de pie, Señor, clava tu aurora
en su costado, y sepa que es divino
despojo, polvo errante en el camino;
mas que tu luz lo inmortaliza y dora.
Mira, Señor, que tanto llanto, arriba,
en pleamar, oleando a la deriva,
amenaza cubrirnos con la Nada.
¡Ponnos, Señor, encima de la muerte!
¡Agiganta, sostén nuestra mirada
para que aprenda, desde ahora, a verte!




Imaginé mi horror por un momento
que Dios, el solo vivo, no existiera,
o que, existiendo, sólo consistiera
en tierra, en agua, en fuego, en sombra, en viento.
Y que la muerte, oh estremecimiento,
fuese el hueco sin luz de una escalera,
un colosal vacío que se hundiera
en un silencio desolado, liento.
Entonces ¿para qué vivir, oh hijos
de madre, a qué vidrieras, crucifijos
y todo lo demás? Basta la muerte.
Basta. Termina, oh Dios, de maltratarnos.
O si no, déjanos precipitarnos
sobre Ti
—ronco río que revierte.





Juicio final 

Yo, pecador, artista del pecado,
comido por el ansia hasta los tuétanos,
yo, tropel de esperanza y de fracasos,
estatua del dolor, firma del viento.
Yo, pecador, en fin, desesperado
de sombras y de sueños: me confieso
que soy un hombre en situación de hablaros
de la vida. Pequé. No me arrepiento.
Nací para narrar con estos labios
que barrera la muerte un día de éstos,
esplendidas caídas en picado
del bello avión aquel de carne y hueso.
Alas arriba disparo los brazos,
alardeando de tan alto invento;
plumas de níquel. Escribid despacio.
Helas aquí, hincadas en el suelo.
Este es mi sitio. Mi terreno. Campo
de aterrizaje de mis ansias. Cielo
al revés. Es mi sitio y no lo cambio
por ninguno. Caí. No me arrepiento.
Ímpetus nuevos nacerán, mas altos.
Llegaré por mis pies, ¿para que os quiero?
a la patria del hombre: al cielo raso
de sombras esas y de sueños esos.





España, camisa blanca de mi esperanza,
reseca historia que nos abraza
con acercarse sólo a mirarla;
paloma buscando cielos más estrellados
donde entendernos sin destrozarnos,
donde sentarnos y conversar.
España, camisa blanca de mi esperanza,
la negra pena nos atenaza,
la pena deja plomo en las alas;
quisiera poner el hombro y pongo palabras
que casi siempre acaban en nada,
cuando se enfrentan al ancho mar.
España, camisa blanca de mi esperanza,
a veces madre y siempre madrastra,
navaja, barro, clavel, espada;
la muerte siempre presente nos acompaña
en nuestras cosas más cotidianas
y al fin nos hace a todos igual.
España, camisa blanca de mi esperanza,
de fuera o dentro, dulce o amarga,
de olor a incienso de cal y caña;
¿quién puso el desasosiego en nuestras entrañas
nos hizo libres pero sin alas
nos dejó el hambre y se llevó el pan?
España, camisa blanca de mi esperanza,
aquí me tienes, nadie me manda;
quererte tanto me cuesta nada;
nos haces siempre a tu imagen y semejanza,
lo bueno y malo que hay en tu estampa
de peregrina a ningún lugar.