sábado, 23 de febrero de 2013

Leopoldo Panero

Poeta español (Astorga, León,1909; León 1962).

Estudia en la Universidad de Valladolid. Experimenta con el verso libre, el dadaísmo, y el surrealismo. En 1930, viaja a Tours, Poitiers y Cambridge para estudiar literatura francesa e inglesa.
«La estancia vacía» 1944, «Versos al Guadarrama» 1945, «Escrito a cada instante» en 1949 y «Canto personal» 1953. En 1960 publica «Cándida» considerada su obra maestra. Premio Fastenrath de la Real Academia Española y Premio Nacional de Literatura 1949.

LAS MANOS CIEGAS

Ignorando mi vida, 
golpeado por la luz de las estrellas, 
como un ciego que extiende, 
al caminar, las manos en la sombra, 
todo yo, Cristo mío, 
todo mi corazón, sin mengua, entero, 
virginal y encendido, se reclina 
en la futura vida, como el árbol 
en la savia se apoya, que le nutre, 
y le enflora y verdea. 
Todo mi corazón, ascua de hombre, 
inútil sin Tu amor, sin Ti vacío, 
en la noche Te busca, 
le siento que Te busca, como un ciego, 
que extiende al caminar las manos llenas 
de anchura y de alegría.



Como la hiedra

Por el dolor creyente que brota del pecado.
Por haberte querido de todo corazón.
Por haberte, Dios mío, tantas veces negado;
tantas veces pedido, de rodillas, perdón.
Por haberte perdido; por haberte encontrado.
Porque es como un desierto nevado mi oración.
¡Porque es como la hiedra sobre el árbol cortado
el recuerdo que brota cargado de ilusión!
Porque es como la hiedra, déjame que Te abrace,
primero amargamente, lleno de flor después,
y que a mi viejo tronco poco a poco me enlace,
y que mi vieja sombra se derrame a tus pies;
¡porque es como la rama donde la savia nace,
mi corazón, Dios mío, sueña que Tú lo ves!


Leopoldo Panero (Astorga, 1909-1962)



DECIR CON EL LENGUAJE...

En esta paz del corazón alada 
descansa el horizonte de Castilla, 
y el vuelo de la nube sin orilla 
azula mansamente la llanada.
Solas quedan la luz y la mirada 
desposando la mutua maravilla 
de la tierra caliente y amarilla 
y el verdor de la encina sosegada.
¡Decir con el lenguaje la ventura 
de nuestra doble infancia, hermano mío, 
y escuchar el silencio que te nombra!
La oración escuchar del agua pura, 
el susurro fragante del estío 
y el ala de los chopos en la sombra.




ESCRITO A CADA INSTANTE

Para inventar a Dios, nuestra palabra 
busca, dentro del pecho, 
su propia semejanza y no la encuentra, 
como las olas de la mar tranquila, 
una tras otra, iguales, 
quieren la exactitud de lo infinito 
medir, al par que cantan... 
Y Su nombre sin letras, 
escrito a cada instante por la espuma, 
se borra a cada instante 
mecido por la música del agua; 
y un eco queda solo en las orillas. 
¿Qué número infinito 
nos cuenta el corazón? 
Cada latido, 
otra vez es más dulce, y otra y otra; 
otra vez ciegamente desde dentro 
va a pronunciar Su nombre. 
Y otra vez se ensombrece el pensamiento, 
y la voz no le encuentra. 
Dentro del pecho está. 
Tus hijos somos, 
aunque jamás sepamos 
decirte la palabra exacta y Tuya, 
que repite en el alma el dulce y fijo 
girar de las estrellas.



Madrigal lento

Te haces al deshacerte más hermosa, 
lo mismo que en la nieve derretida, 

bajo su tersa limpidez dormida, 

el tiempo, vuelto espíritu, reposa. 

Te haces tan dulcemente tenebrosa, 

lago de mi montaña ensombrecida, 

que en tu quietud recoges hoy mi vida; 

mi ayer que a mi mañana se desposa. 

Igual que ayer cantaba a mi montaña, 

hoy a ti, mi honda paz, mi nieve viva, 
mi muerte atesorada en la costumbre
canto, mientras tu tiempo te acompaña, 
oh, clara compañera fugitiva, 
hacia el desnudo mar desde la cumbre.



Hijo mío

Desde mi vieja orilla, desde la fe que siento, 
hacia la luz primera que toma el alma pura, 
voy contigo, hijo mío, por el camino lento 
de este amor que me crece como mansa locura.
Voy contigo, hijo mío, frenesí soñoliento 
de mi carne, palabra de mi callada hondura, 
música que alguien pulsa no sé dónde, en el viento, 
no sé dónde, hijo mío, desde mi orilla oscura.
Voy, me llevas, se torna crédula mi mirada, 
me empujas levemente (ya casi siento el frío); 
me invitas a la sombra que se hunde a mi pisada,
me arrastras de la mano... Y en tu ignorancia fío, 
y a tu amor me abandono sin que me queda nada, 
terriblemente solo, no sé dónde, hijo mío.







Hasta mañana dices, y tu voz 
se apaga y se desprende 

como la nieve. Lejos, poco a poco, 

va cayendo, y se duerme, 

tu corazón cansado, 

donde el mañana está. Como otras veces, 

hasta mañana dices, y te pliegas 

al mañana en que crees, 

como el viento a la lluvia, 

como la luz a las movibles mieses. 
Hasta mañana, piensas; y tus ojos 
cierras hasta mañana, y ensombreces, 
y guardas. Tus dos brazos 
cruzas, y el peso leve levantas, de tu pecho confiado. 
Tras la penumbra de tu carne crece 
la luz intacta de la orilla. Vuela 
una paloma sola y pasa tenue 
la luna acariciando las espigas 
lejanas. Se oyen trenes 
hundidos en la noche, entre el silencio 
de las encinas y el trigal que vuelve 
con la brisa. Te vas siempre 
hasta mañana, lejos. Tu sonrisa 
se va durmiendo mientras Dios la mece 
en tus labios, lo mismo 
que el tallo de una flor en la corriente; 
mientras se queda ciega tu hermosura 
como el viento al rodar sobre la nieve; 
mientras te vas hasta mañana, dulcemente 
por esa senda pura que, algún día, 
te llevará dormida hacia la muerte.







Señor, el viejo tronco se desgaja, 
el recio amor nacido poco a poco, 

se rompe. El corazón, el pobre loco, 

está llorando a solas en voz baja,

del viejo tronco haciendo pobre caja 
mortal. Señor, la encina en huesos toco 

deshecha entre mis manos, y Te invoco 

en la santa vejez que resquebraja

su noble fuerza. Cada rama, en nudo, 
era hermandad de savia y todas juntas 

daban sombra feliz, orillas buenas.

Señor, el hacha llama al tronco mudo, 
golpe a golpe, y se llena de preguntas 

el corazón del hombre donde suenas.




Materia transparente

Otra vez como en sueños mi corazón se empaña
de haber vivido... ¡Oh fresca materia transparente!

De nuevo como entonces siento a Dios en mi entraña.

Pero en mi pecho ahora es sed lo que era fuente.

En la mañana limpia la luz de la montaña

remeje las cañadas azules de relente...

¡Otra vez como en sueños este rincón de España,
este olor de la nieve que mi memoria siente!
¡Oh pura y transparente materia, donde presos,
igual que entre la escarcha las flores, nos quedamos
un día, allá en la sombra de los bosques espesos
donde nacen los tallos que al vivir arrancamos!
¡Oh dulce primavera que corre por mis huesos
otra vez como en sueños...! Y otra vez despertamos.
Versos del Guadarrama  1930-1939


Fluir de España

Voy bebiendo en la luz, y desde dentro 
de mi caliente amor, la tierra sola 
que se entrega a mis pies como una ola 
de cárdena hermosura. En mi alma entro;
hundo mis ojos hasta el vivo centro 
de piedad que sin límites se inmola 
lo mismo que una madre. Y tornasola 
la sombra del planeta nuestro encuentro.
Tras el límpido mar la estepa crece, 
y el pardo risco, y la corriente quieta 
al fondo del barranco repentino
que para el corazón y lo ensombrece, 
como gota del tiempo ya completa 
que hacia Dios se desprende en su camino.



Sola tú

Sola tú junto a mí, junto a mi pecho;
sólo tu corazón, tu mano sola,
me lleva al caminar; tus ojos solos
traen un poco de luz hasta la sombra
del recuerdo; ¡qué dulce,
qué alegre nuestro adiós! El cielo es rosa
y es verde el encinar, y estamos muertos,
juntos los dos, en mi memoria sola.
Sola tú junto a mí, junto al olvido,
allá donde la nieve silenciosa
del alto Guadarrama, entre los pinos,
de rodillas te toca.
Estamos solos para siempre; estamos
detrás del corazón, de la memoria,
del viento, de la luz, de las palabras,
juntos los dos sobre la nieve sola.



Por donde van las águilas

Una luz vehemente y oscura, de tormenta, 
flota sobre las cumbres del alto Guadarrama, 
por donde van las águilas. La tarde baja, lenta, 
por los senderos verdes, calientes de retama.
Entre las piedras brilla la lumbre soñolienta 
del sol oculto y frío. La luz, de rama en rama, 
como el vuelo de un pájaro, tras la sombra se ahuyenta. 
Bruscamente, el silencio crece como una llama.
Tengo miedo. Levanto los ojos. Dios azota 
mi corazón. El vaho de la nieve se enfría 
lo mismo que un recuerdo. Sobre los montes flota
la paz, y el alma sueña su propia lejanía. 
Una luz vehemente desde mi sueño brota 
hacia el amor. La tarde duerme a mis pies, sombría..




Lejana como Dios, pero más cerca...

Lejana como Dios, pero más cerca,
más cerca, más dormida entre las horas
más alta tras la noche, como el viento
más concreta en el pecho o más remota
o más dulce en la orilla;
lejana como Dios, pero más cerca
dentro del corazón, pero más cerca
de mi voz al hablar cuando te nombra;
más secreta en mi sueño;
donde mi vida brota;
allegada a mi sangre de repente
con un inmenso aroma
de algo que está en la noche todavía,
tu pureza me arrastra hacia la honda
soledad imposible, donde el alma
es sólo tuya, como Dios; es toda
un camino vehemente
de claridad, de sombra...



Cántico

Es verdad tu hermosura. Es verdad. ¡Cómo entra
la luz al corazón! ¡Cómo aspira tu aroma
de tierra en primavera el alma que te encuentra!
Es verdad. Tu piel tiene penumbra de paloma.
Tus ojos tienen toda la dulzura que existe.
Como un ave remota sobre el mar tu alma vuela.
Es más verdad lo diáfano desde que tú naciste.
Es verdad. Tu pie tiene costumbre de gacela.
Es verdad que la tierra es hermosa y que canta
el ruiseñor. La noche es más alta en tu frente.
Tu voz es la encendida mudez de tu garganta.
Tu palabra es tan honda, que apenas si se siente.
Es verdad el milagro. Todo cuanto ha nacido
descifra en tu hermosura su nombre verdadero.
Tu cansancio es espíritu, y un proyecto de olvido
silencioso y viviente como todo sendero.
Tu amor une mis días y mis noches de abeja.
Hace de mi esperanza un clavel gota a gota.
Desvela mis pisadas y en mi sueño se aleja,
mientras la tierra humilde de mi destino brota.
¡Gracias os doy, Dios mío, por el amor que llena
mi soledad de pájaros como una selva mía!
Gracias porque mi vida se siente como ajena,
porque es una promesa continua mi alegría,
porque es de trigo alegre su cabello en mi mano,
porque igual que la orilla de un lago es su hermosura,
porque es como la escarcha del campo castellano
el verde recién hecho de su mirada pura.
No sé la tierra fija de mi ser. no sé dónde
empieza este sonido del alma y de la brisa,
que en mi pecho golpea, y en mi pecho responde,
como el agua en la piedra, como el niño en la risa.
No sé si estoy ya muerto. No lo sé. No sé, cuando
te miro, si es la noche lo que miro sin verte.
No sé si es el silencio del corazón temblando
o si escucho la música íntima de la muerte.
Pero es verdad el tiempo que transcurre conmigo.
Es verdad que los ojos empapan el recuerdo
para siempre al mirarte, ¡para siempre contigo,
en la muerte que alcanzo y en la vida que pierdo!
La esperanza es la sola verdad que el hombre inventa.
Y es verdad la esperanza, y es su límite anhelo
de juventud eterna, que aquí se transparenta
igual que la ceniza de una sombra en el suelo.


Tú eres como una isla desconocida y triste,
mecida por las aguas, que suenan, noche y día,
más lejos y más dulce de todo lo que existe,
en un rincón del alma con nombre de bahía.
Lo más mío que tengo eres tú. Tu palabra
va haciendo débilmente mi soledad más pura.
¡Haz que la tierra antigua del corazón se abra
y que sientan cerca la muerte y la hermosura!
Haz de mi voluntad un vínculo creciente.
Haz melliza del niño la pureza del hombre.
haz la mano que tocas de nieve adolescente
y de espuma mis huesos al pronunciar tu nombre.
El tiempo ya no existe. Sólo el alma respira.
Sólo la muerte tiene presencia y sacramento.
Desnudo y retirado, mi corazón te mira.
Es verdad. Tu hermosura me borra el pensamiento.
Tengo aquí mi ventura. Tengo la muerte sola.
Tengo en paz mi alegría y mi dolor en calma.
A través de mi pecho de varón que se inmola
van corriendo las frescas acequias de tu alma.
La presencia de Dios eres tú. Mi agonía
empieza poco a poco como la sed. ¡Tú eres
la palabra que el Ángel declaraba a María,
anunciando a la muerte la unidad de los seres!