sábado, 9 de febrero de 2013

José Hierro.


José Hierro fue Premio Adonáis en 1947, Premio Nacional de Poesía (1953 y 1999), Premio de la Crítica (1958 y 1965), Premio de la Fundación Juan March (1959), Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1981, Premio Fundación Pablo Iglesias en 1986, Premio Nacional de las Letras Españolas en 1990, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1995, Premio Cervantes y de nuevo el Premio de la Crítica en 1998,2 Premio Europeo de Literatura Aristeión, Premio Francisco de Quevedo y el Premio Ojo Crítico Especial por la belleza de su obra en 1999.José Hierro del Real. (Madrid, 3 de abril de 1922-21 de diciembre de 2002). Poeta español, crítico de arte y académico de la Real Academia de la Lengua. publica su primer libro de poemas,Tierra sin nosotros, en 1947. En 1954 edita Estatuas yacentes y en 1962 el volumen Poesías completas. Está considerado como una de las voces más representativas de la poesía social de posguerra. En 1950 escribe Con las piedras, con el viento y en 1953 aparece Antología poética, una amplia selección de su obra lírica.


NIÑO

Rey de un trigal, de un río, de una viña;
así habrá de soñarse. Y libre. Dueño
de sí, hoguera perpetua en que arda el leño
de la verdad. Y que el amor lo ciña.
Querrá subir hasta que el cielo tiña
de claridad el bronce de su sueño.
Pero no hay alas. Se herirá en su empeño,
y llorará sobre su frente niña.
Y sabrá la verdad. Morirá el canto
en su garganta, roja del espanto
que oye y que mira y gusta y toca y huele.
Y estrenará su corazón rasgado
de hombre acosado, de hombre acorralado,
de ejecutado en cuanto se rebele.
De José Hierro. “Cuanto sé de mí”.



PARA UN ESTETA

Tú que hueles la flor de la bella palabra
acaso no comprendas las mías sin aroma.
Tú que buscas el agua que corre transparente
no has de beber mis aguas rojas.
Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
ni cómo vida y muerte —agua y fuego— hermanadas
van socavando nuestra roca.
Perfección de la vida que nos talla y dispone
para la perfección de la muerte remota.

Y lo demás, palabras, palabras y palabras, 

¡ay, palabras maravillosas!
Tú que bebes el vino en la copa de plata 
no sabes el camino de la fuente que brota 
en la piedra. No sacias tu sed en su agua pura 
con tus dos manos como copa.
Lo has olvidado todo porque lo sabes todo. 
Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras. 
Y olvidas las raíces («Mi Obra», dices), olvidas 
que vida y muerte son tu obra.
No has venido a la tierra a poner diques y orden 
en el maravilloso desorden de las cosas. 
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas 
sin alzar vallas a su gloria.
Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo. 
Sus aguas en tu cauce temporal desembocan. 
Y hechos un solo río os vertéis en el mar, 
«que es el morir», dicen las coplas.
No has venido a poner orden, dique. Has venido 
a hacer moler la muela con tu agua transitoria. 
Tu fin no está en ti mismo («Mi Obra», dices), olvidas 
que vida y muerte son tu obra.
Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día 
por la música de otras olas.

José Hierro, 1952


CUMBRE

Firme, bajo mi pie, cierta y segura, 
de piedra y música te tengo; 
no como entonces, cuando a cada instante 
te levantabas de mi sueño.
Ahora puedo tocar tus lomas tiernas, 
el verde fresco de tus aguas. 
Ahora estamos, de nuevo, frente a frente 
como dos viejos camaradas.
Nueva canción con nuevos instrumentos. 
Cantas, me duermes y me acunas. 
Haces eternidad de mi pasado. 
Y luego el tiempo se desnuda.
¡Cantarte, abrir la cárcel donde espera 
tanta pasión acumulada! 
Y ver perderse nuestra antigua imagen 
arrebatada por el agua.
Firme, bajo mi pie, cierta y segura, 
de piedra y música te tengo. 
Señor, Señor, Señor: todo lo mismo. 
Pero, ¿qué has hecho de mi tiempo?

José Hierro, 1947

VIDA

A Paula Romero

Después de todo, todo ha sido nada, 
a pesar de que un día lo fue todo. 
Después de nada, o después de todo 
supe que todo no era más que nada.
Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!». 
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!». 
Ahora sé que la nada lo era todo, 
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada. 
(Era ilusión lo que creía todo 
y que, en definitiva, era la nada.)
Qué más da que la nada fuera nada 
si más nada será, después de todo, 
después de tanto todo para nada.


VIENTO DE OTOÑO

Hemos visto, ¡alegría!, dar el viento 
gloria final a las hojas doradas. 
Arder, fundirse el monte en llamaradas 
crepusculares, trágico y sangriento.
Gira, asciende, enloquece, pensamiento. 
Hoy da el otoño suelta a sus manadas. 
¿No sientes a lo lejos sus pisadas? 
Pasan, dejando el campo amarillento.
Por esto, por sentirnos todavía 
música y viento y hojas, ¡alegría! 
Por el dolor que nos tiene cautivos,
por la sangre que mana de la herida 
¡alegría en el nombre de la vida! 
Somos alegres porque estamos vivos.

José Hierro, 1947


ABRIR Y CERRAR LOS OJOS

Hundió el cuchillo hasta la empuñadura.
Se desangró en el agua su memoria.
Manos de olvido, con la vieja escoria,
modelaron la nueva criatura.
Retumbó el trueno azul. La sepultura
de las espumas liberó una gloria
ascendente, una lava giratoria
de plumas del volcán de la hermosura.
Lo arrebataron las vertiginosas
alas del oleaje. Entre las rosas
de sal, voló con ojos bien abiertos.
¡Por qué los cerraría! Oyó el latido
de todo lo vivido y lo perdido.
Y se puso a llorar sobre sus muertos.


CRIATURAS DE LA SOMBRA

No podré nunca desencarcelaros,
maravillosos que abrasáis mi boca
dedos de luz, hundidos en la roca,
de vuestro rico mineral avaros.
Libertaros: nombraros. Libertaros:
mataros… Vuestro fuego desemboca
en mi garganta, mata cuanto toca,
muere —morís - - bajo los cielos claros.
Maravillosos de la sombra, Sones
otorgadores de secretos dones,
a silencios perpetuos os sentencio,
a vivir, prisioneros, siempre a oscuras.
(Silencio.) Impronunciables criaturas
que no (silencio)… .. naceréis. (Silencio.)


MADRIGAL

Lo más hermoso, aquello
que no puede comprarse,
qué vale, frente a un copo de tu espuma,
si se sabe mirar,
frente a una pluma de tormenta, rota
sobre tu orilla, frente
a tus platas y azules,
metales y cristales,
si se los sabe oler, gustar, tocar, oír…
Qué vale nada lo que tú. Rebosa
la eternidad tu vaso,
llueve su vino sobre nuestra carne
una concha roída
por los gusanos de tu mar, un poco
de cal, y bruma, y nácar,
puede hacernos llorar,
ensancha las fronteras
del alma, desmorona
los muros negros de la realidad.
Qué vale nada, todo,
lo que tú, playa mía,
lirio de arenas selva
de círculos de oro,
túnica ardiente, pálida campana,
palacio sumergido,
inolvidable…



MUNDO DE PIEDRA

Se asomó a aquellas aguas
de piedra.
Se vio inmovilizado,
hecho piedra. Se vio
rodeado de aquellos
que fueron carne suya,
que ya eran piedra yerta.
Fue como si las horas,
ya piedra, aún recordaran
un estremecimiento.
La piedra no sonaba.
Nunca más 
no podía siquiera
recordar los sonidos,
acariciar, guardar,
consolar…
Se asomó al borde mudo
de aquel mundo de piedra.
Movió sus manos y gritó su espanto.
Y aquel sueño de piedra
no palpitó. La voz
no resonó en aquel
relámpago de piedra.
Fue imposible acercarse
a la espuma de piedra,
a los cuerpos de piedra
helada. Fue imposible
darles calor y amor.
Reflejado en la piedra
rozó con sus pestañas
aquellos otros cuerpos.
Con sus pestañas, lo único
vivo entre tanta muerte,
rozó el mundo
el prodigio debía
realizarse. La vida
estallaría ahora,
libertaría seres,
aguas, nubes, de piedra.
Esperó, corno un árbol
su primavera, como
un corazón su amor.
Allí sigue esperando.



EN CUANTO estuvo ante el hombre
clavó en él la mirada.
Le oyó gemir, llamar,
preguntar. Le sangraban
los costados. La inmensa
puerta estaba cerrada.
Hablaba como brisa
que curva el trigo. Hablaba
desde dentro del hombre
que lo buscaba.
El hombre oyó el gorjeo
de la esperanza.
Se dirigió a la puerta
donde todo acababa.
Él se puso a llorar.
Él sabía que el hombre
no encontraría nada.



SI SOÑARAS SIEMPRE,
SI AMARAS

SI sonaras siempre, si amaras
olvidándote, abandonándote..
Pensaría por ti las cosas
dejando que me las soñases.
Con mi velar y tu soñar
el camino sería fácil.
Yo daría los nombres justos
a los dueños que deshojases.
Encontraría para ellos
la voz que los encadenase,
la forma exacta, la palabra
que los llena de claridades.
Me acercaría hasta ti como
si fueses una orilla madre.
Y qué descanso dar al alma
sombras que el alma apenas sabe.
Yo no diría de ti: era
blanca y hermosa y joven y ágil;
tenía bellos ojos tristes
abiertos sólo a realidades.
Yo diría de ti: es mi fresca
raíz que de los sueños nace,
la música de mis palabras,
el hondo canto inexplicable,
la prodigiosa primavera
que en las hojas recientes arde,
el corazón caliente que va
olvidándose, abandonándose.
Tú lo sabrás un día. Entonces
será demasiado tarde. 



EL MUERTO 

Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.
Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la yerba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores;
yo querría poner primavera en sus manos.)
¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.
Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí. 





CANCIÓN DE CUNA PARA DORMIR A UN PRESO 


La gaviota sobre el pinar. 
(La mar resuena.) 
Se acerca el sueño. Dormirás,
soñarás, aunque no lo quieras. 
La gaviota sobre el pinar 
goteado todo de estrellas. 
Duerme. Ya tienes en tus manos 
el azul de la noche inmensa. 
No hay más que sombra. Arriba, luna. 
Peter Pan por las alamedas.
Sobre ciervos de lomo verde 
la niña ciega. 
Ya tú eres hombre, ya te duermes, 
mi amigo, ea... 
Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo 
sobre la luna, y la degüella. 
La mar está cerca de ti, 
muerde tus piernas. 
No es verdad que tú seas hombre; 
eres un niño que no sueña. 
No es verdad que tú hayas sufrido: 
son cuentos tristes que te cuentan. 
Duerme. La sombra toda es tuya, 
mi amigo, ea... 
Eres un niño que está serio. 
Perdió la risa y no la encuentra. 
Será que habrá caído al mar, 
la habrá comido una ballena. 
Duerme, mi amigo, que te acunen 
campanillas y panderetas, 
flautas de caña de son vago 
amanecidas en la niebla. 
No es verdad que te pese el alma. 
El alma es aire y humo y seda. 
La noche es vasta. Tiene espacios 
para volar por donde quieras, 
para llegar al alba y ver 
las aguas frías que despiertan, 
las rocas grises, como el casco 
que tú llevabas a la guerra. 
La noche es amplia, duerme, amigo, 
mi amigo, ea... 
La noche es bella, está desnuda, 
no tiene límites ni rejas. 
No es verdad que tú hayas sufrido, 
son cuentos tristes que te cuentan. 
Tú eres un niño que está triste, 
eres un niño que no sueña. 
Y la gaviota está esperando 
para venir cuando te duermas. 
Duerme, ya tienes en tus manos 
el azul de la noche inmensa. 
Duerme, mi amigo... 
Ya se duerme 
mi amigo, ea... 


OLAS

Blanco, ceñido de luz blanca
desde los pies a la cabeza.
Vienen de lejos hasta mí,
se alzan, me embisten, me rodean.
Hacen nacer dentro del alma
no sé qué antiguas inocencias.
Alegría sobre las olas,

en los troncos de las palmeras, 

alegría de oros y azules 
bajo la luz que se dispersa. 
(Esta alegría que ahora siento 
yo sólo sé lo que me cuesta.) 
He podado las viejas ramas 
que maduró el dolor. Las viejas 
ramas. Ya el árbol tiene blancas 
flores, y frutas opulentas. 
Tras el dolor consigue el alma 
su plenitud. Sólo así llega 
a reposar en la alegría, 
a sentirse total y nueva. 
He podado las viejas ramas. 
(Yo pregunté sin que me oyeran. 
Quise saber si era el otoño: 
tenía el cielo una luz vieja, 
un oro pálido y sereno, 
como las hojas secas. 
Veía siempre una gaviota 
planear sobre mi cabeza). 
He podado las viejas ramas, 
la vida entera. 
Enterré en el fondo del pozo 
mi clara estrella. 
He podado las viejas ramas. 
Puse luz en mi noche negra 
para que hoy beba su alegría 
la pobre alma... 
Me rodean. 
Blanco, ceñido de luz blanca 
desde los pies a la cabeza. 
El alma bebe su alegría 
entre las olas. Se despierta 
de su mal sueño. Arena casi 
maternal. Entre las palmeras 
hay aves de oro, frutos de oro, 
niños de oro, doradas hierbas. 
Las olas rompen y me embisten, 
y me visten de blancas yedras. 
¡Alegría sobre las olas 
disparando loca sus flechas! 
Despiertan dentro de mi alma 
no sé qué antiguas inocencias. 
Alegría sólo presente 
para que siempre sea eterna.
(Esta alegría que ahora siento
yo sólo sé lo que me cuesta).



EL MAR EN LA LLANURA



¿Estarás siempre de mi parte, 
adormecida entre mis brazos, 
primaveral y musical, 
afirmándote y afirmándonos?
¿A centenares de kilómetros, 
a millares de encinas y álamos, 
a millones de horas, de ríos, 
de cumbres de piedra, de páramos?
Esta mañana te ha teñido 
el recuerdo de vinos pálidos. 
En las ramas de acacia, otoño 
puso a dorar su seco manto.
Hojas crujían con la música 
con que embistes acantilados. 
La llanura fingió latidos, 
temblores, fuegos oceánicos.
¿Tu compañía? ¿Tu nostalgia? 
¿Tu esperanza?... ¿Siempre a mi lado 
estarás, mar, primaveral, 
afirmándote y afirmándonos?
Mar mía, ¿pase lo que pase, 
aun después de lo que ha pasado?



EPITAFIO PARA LA TUMBA DE UN HÉROE

Se creía dueño del mundo 
porque latía en sus sentidos. 
Lo aprisionaba con su carne 
donde se estrellaban los siglos. 
Con su antorcha de juventud 
iluminaba los abismos.
Se creía dueño del mundo: 
su centro fatal y divino. 
Lo pregonaba cada nube, 
cada grano de sol o trigo. 
Si cerraba los ojos, todo 
se apagaba, sin un quejido. 
Nada era si él lo borraba 
de sus ojos o sus oídos.
Se creía dueño del mundo 
porque nunca nadie le dijo 
cómo las cosas hieren, baten 
a quien las sacó del olvido, 
cómo aplastan desde lo eterno 
a los soñadores vencidos.
Se creía dueño del mundo 
y no era dueño de sí mismo.  




CON LAS PIEDRAS, CON EL VIENTO



Hablo de mi reino.

Mi reino vivirá mientras 
estén verdes mis recuerdos. 
Cómo se pueden venir 
nuestras murallas al suelo. 
Cómo se puede no hablar 
de todo aquello. 
El viento no escucha. No 
escuchan las piedras, pero 
hay que hablar, comunicar, 
con las piedras, con el viento.
Hay que no sentirse solo. 
Compañía presta el eco. 
El atormentado grita 
su amargura en el desierto. 
Hay que desendemoniarse, 
liberarse de su peso. 
Quien no responde, parece 
que nos entiende, 
como las piedras o el viento.
Se exprime así el alma. Así 
se libra de su veneno. 
Descansa, comunicando 
con las piedras, con el viento.



CANTO A ESPAÑA

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo.
Clavel encendido de sueños de fuego.
He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas,
andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes.
¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos
que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades?
¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura?
¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos?
Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas,
arrojar a una hoguera tus viejas hazañas,
dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora,
ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina.
Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Quisiera asistir a tu sueño completo,
mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota,
hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra.
Qué tristes he visto a tus hombres.
Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche,
comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo,
dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza.
Les pides que pongan sus almas de fiesta.
No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento,
que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras.
Oh España, qué triste pareces.
Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo,
saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito.
Y sobre la noche marina, borrada tu estela,
España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días.
Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino.
Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena...
...en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama,
cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente
la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio...


    
RESPUESTA

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.
Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.
Que tú me entendieras a mí sin palabras
como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.
Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte,
Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes.
Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible,
la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.
Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.
Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.
Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,
yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.
Criatura también de alegría quisiera que fueras,
criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.
Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas
y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil,
y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,
y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde...
Si ahora yo te dijera
que es tu vida esa roca en que rompe la ola,
la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste,
aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,
aquel niño que azota la mar con su mano inocente...
Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
Y ¿cómo saber si me entiendes?
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?
Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.





RAZÓN

Tal vez porque cantamos embriagados la vida
crees que fue con nosotros lo que tú llamas buena.
Puedes aproximarte, puedes tocar la herida
de amargura y de sangre hasta los bordes llena.
Ganamos la alegría bajo un cielo sombrío,
mientras el desaliento nos prendía en sus redes.
Hemos tenido sueño, hemos tenido frío,
hemos estado solos entre cuatro paredes.
Vivimos... Llena el alma la hermosura más plena.
En países de nieblas también nacen flores.
Después de la amargura y después de la pena
es cuando da la vida sus más bellos colores.





DESPEDIDA DEL MAR


Por más que intente al despedirme 
guardarte entero en mi recinto 

de soledad, por más que quiera 

beber tus ojos infinitos, 
tus largas tardes plateadas, 
tu vasto gesto, gris y frío, 
sé que al volver a tus orillas 
nos sentiremos muy distintos. 
Nunca jamás volveré a verte 
con estos ojos que hoy te miro.
Este perfume de manzanas, 
¿de dónde viene? ¡Oh sueño mío, 
mar mío! ¡Fúndeme, despójame 
de mi carne, de mi vestido 
mortal! ¡Olvídame en la arena, 
y sea yo también un hijo 
más, un caudal de agua serena 
que vuelve a ti, a su salino 
nacimiento, a vivir tu vida 
como el más triste de los ríos!
Ramos frescos de espuma... Barcas 
soñolientas y vagas... Niños 
rebañando la miel poniente 
del sol... ¡Qué nuevo y fresco y limpio 
el mundo...! Nace cada día 
del mar, recorre los caminos 
que rodean mi alma, y corre 
a esconderse bajo el sombrío, 
lúgubre aceite de la noche; 
vuelve a su origen y principio.
¡Y que ahora tenga que dejarte 
para emprender otro camino!...
Por más que intente al despedirme 
llevar tu imagen, mar, conmigo; 
por más que quiera traspasarte, 
fijarte, exacto, en mis sentidos; 
por más que busque tus cadenas 
para negarme a mi destino, 
yo sé que pronto estará rota 
tu malla gris de tenues hilos. 
Nunca jamás volveré a verte 
con estos ojos que hoy te miro.