lunes, 28 de enero de 2013

Espiritualidad. La Oración.

HABLAR CON DIOS (LA ORACIÓN)

Sólo el que con frecuencia, con humildad y confianza conversa amigablemente con Dios podrá vivir ese mandamiento supremo que nos invita a amar a Dios sobre todas las cosas.

Los que están convencidos de la cercanía de Dios, de que Él, a pesar de ser infinitamente superior, se preocupa de nosotros y no es remiso a tratar con el hombre, no puede menos de entablar con el una relación de amistad, o al menos de rogar su protección y ayuda en los momentos de dificultad. Sabemos que la amistad nace y se fortalece en la comunicación mutua. Sólo el que con frecuencia, con humildad y confianza conversa amigablemente con Dios podrá vivir ese mandamiento supremo que nos invita a amar a Dios sobre todas las cosas.


Como hemos dicho las primeras oraciones que espontáneamente brotan en medio del dolor son de petición y súplica ante el que todo lo puede. Pero si se quedaran sólo en eso y se limitasen a los momentos de necesidad sería una oración egoísta. Es necesario abrirse a una verdadera amistad con Dios que nos hará buscarlo por si mismo, no buscando simplemente los dones de Dios, sino al Dios que nos colma de dones; no agradeciendo sólo las misericordias de Dios sino amando al Señor misericordioso, gozando de su compañía, de su trato sumamente amable. Es un encuentro en la fe con el invisible, pues la oración verdadera únicamente nace de la fe y a la vez es el medio principal para crecer en la fe.


Así es, el que ora con perseverancia e intensidad es el que recibe con abundancia los dones del Espíritu Santo que lo conducen por las sendas de los gigantes espirituales, de los santos. De un modo semejante el que va abandonando la oración, el que nunca tuvo esa santa costumbre u olvida las oraciones que aprendió y rezaba con inocencia en su niñez extinguirá poco a poco su fe y se alejará de Dios, que se convertirá en un extraño en su vida, hacia el que tendrá sentimientos de indiferencia o incluso de rechazo.
Sin oración cotidiana no hay verdadera vida cristiana y en la medida en que descuidamos o quitamos importancia a la oración nuestra vida se hace menos luminosa, más vacía y llena de inquietudes materiales, de pasiones desordenadas y egoísmos que nos vacían interiormente y nos alejan más y más de Dios.


Se habla de dos clases de oración: 

la vocal es la que hacemos con los labios, pero no por ello deja de brotar del corazón aunque con frecuencia usemos palabras aprendidas de memoria, como la oración que nos enseñó el Señor (el padrenuestro) u otras compuestas por la Iglesia u otros autores cristianos: el Credo, el Ave María, la Salve, etc. 
Otro modo de dirigirse a Dios es la llamada oración mental o meditación. En ella nos ponemos en comunicación con Dios reflexionando las verdades de la fe. Es una meditación interior y sosegada en el silencio que brota de la mente y llega al corazón donde Dios va hablando suavemente y escribiendo en el interior la fe, no como mero razonamiento o sentimiento, sino como una experiencia interior profundamente espiritual. La oración mental es un camino de crecimiento espiritual progresivo que va a la par con el progreso espiritual de toda la persona que experimenta una transformación espiritual y vive una cercanía maravillosa de Dios.

Siendo el hombre un “animal de costumbres” es necesario convertir la oración en parte de nuestra jornada cotidiana. La oración al comienzo del día y al acostarse, las visitas al Santísimo Sacramento en las Iglesias, la meditación de libros piadosos, el examen de conciencia diario, las devociones universales como el rosario, la vida de los santos y la frecuencia de los sacramentos deben tener su lugar y su hora en la vida de todo el que quiera vivir un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo.


Pbro. Roberto Visier – cenaculost@cantv.net

 Otra forma es la contemplación.